ALEKSANDR TARASOV*

«La segunda edición del capitalismo» en Rusia

La «segunda edición» del capitalismo en Rusia es un fenómeno socio-económico muy peculiar que nada tiene en común con el capitalismo ruso de finales del siglo XIX y comienzos del siglo XX . El artículo propone un interesante análisis de los procesos económicos, políticos, sociales y culturales de la Rusia postsoviética, a partir de la comparación con el período anterior a 1917. Se confirma el carácter regresivo del capitalismo ruso actual porque, si se confronta con el período prerrevolucionario, en más de un sentido la sociedad moderna se ha degradado. Los conocimientos compilados sobre  los  procesos  internos  del país y los resultados globales conquistados por Rusia en el ámbito internacional —después de 1991— constituyen la fuente principal de esta investigación.

«Restauración del capitalismo en Rusia» es una expresión ampliamente utilizada, sobre todo, en los círculos de izquierda. Libros con ese título ya han sido publicados.1 En algunos centros de enseñanza superior «la restauración del capitalismo en Rusia» se imparte como un tema más en los programas de estudios, formulado, precisamente, con esas palabras. Por ejemplo, en el Instituto Económico-Jurídico de Moscú es contenido obligatorio para los alumnos de todas las especialidades.2 La rápida implantación del término se facilitó, en gran medida, por el hecho de que la «restauración del capitalismo en Rusia», desde hacía mucho tiempo antes de la desaparición de la URSS, prevaleció como argumento para numerosos autores occidentales, partidarios de la teoría del «capitalismo de Estado» y estalinistas (o maoístas). Incluso, algunos de sus libros se habían traducido al idioma ruso.3 Fue muy fácil y tentador utilizar un término cliché ya existente o —como diría R. Dawkins— un «memo».
En realidad, lo que sucedió en el territorio del antiguo bloque oriental no fue en modo alguno una «restauración». Sería mucho más apropiado denominarlo «segundo advenimiento del capitalismo», por analogía con la conocida expresión de Engels «segunda edición de la servidumbre». De la misma manera que la «segunda edición de la servidumbre», no constituyó una restauración de la «primera edición», ni un retorno a esta; tampoco la «segunda edición del capitalismo» instauró un retorno a la «primera», ni su «restauración».
Más adelante trataré de argumentar este punto de vista.
Ante todo, preguntémonos: ¿hasta qué punto, en general, es legítimo el uso del término «restauración»? Si permanecemos en el terreno de las ciencias políticas, entonces, como señalé en mis trabajos «Etapas del proceso revolucionario»4 y «Proceso revolucionario nacional: regularidades y etapas internas»,5 la «restauración» es un régimen político que sucede a la última etapa del ciclo revolucionario estándar (período de una franca dictadura contrarrevolucionaria, Brumario, bonapartismo). El régimen de «restauración» reproduce la fachada prerrevolucionaria, pero no atenta contra los principales logros económicos de la revolución (si lo hace, ocurre una «nueva revolución», a semejanza de la revolución de 1830 en Francia o la Revolución Gloriosa en Inglaterra, correctora de los extremismos del régimen de «restauración»). Otro «modo» de heredar un ciclo revolucionario completo sería la degeneración del régimen de la franca dictadura contrarrevolucionaria (al estilo del régimen bonapartista) en un régimen de democracia contrarrevolucionaria (como sucedió en Francia durante el régimen de Thiers-Mac-Mahon, que se convirtió en una tercera república común y corriente, cuando, según reza una famosa definición: «la república sin los republicanos» se transformó en una «república de republicanos burgueses»).
En el caso de Rusia, sería legítimo hablar de una «restauración» solo si asistiéramos a una «restauración» de la monarquía (desde luego, constitucional, y de hecho, monarquía en apariencia) en el marco de un sistema de relaciones capitalistas. La segunda circunstancia obligatoria debería ser la «restauración» o la indemnización —aunque sea incompleta— por la propiedad perdida. Mientras no medie este proceso, no se puede hablar de «restauración».
Por supuesto, en Rusia existen fuerzas que tratan de restaurar la monarquía. Pero —por ahora— si bien no están marginadas desde el punto de vista político, se encuentran en franca minoría, incluso dentro de la clase gobernante. Desde luego, en 2007 poco faltó para que una fuerza política tan influyente como la Iglesia Ortodoxa Rusa hiciera aprobar la ley sobre la devolución de la propiedad de la Iglesia. Esa devolución en nada se diferenciaría de la «restauración», pero no lo logró (no porque el proyecto de ley se basara en el falso postulado de la devolución a la Iglesia de las propiedades nacionalizadas por los «ateos revolucionarios», pues realmente, en la Rusia zarista, la Iglesia era una institución estatal y sus bienes pertenecían al Estado, sino porque el equipo presidencial percibió, que la adopción de una ley de este tipo traería consigo una restitución total: de otra manera, los demás herederos de la propiedad prerrevolucionaria se verían ilegalmente discriminados).
O sea, si en vez del régimen de Putin y Medvedev caracterizados por un «suave bonapartismo» —con su simulado poder legislativo, oposición parlamentaria «de bolsillo», control sobre los grandes medios, rígido freno a la oposición no parlamentaria, legislación laboral represiva y unión total entre la burocracia estatal y los grandes negocios— hubiéramos visto, además de la rehabilitación y la canonización de la familia del zar, la devolución de la propiedad prerrevolucionaria a la casa imperial y algún compromiso entre los propietarios viejos (prerrevolucionarios) y nuevos (postsoviéticos), entonces el término «restauración» sería plausible por completo.
Por supuesto, resulta muy tentador buscar rasgos de similitud entre el capitalismo ruso prerrevolucionario y el moderno. Por definición, tales rasgos deben ser numerosos. La conciencia cotidiana, por su naturaleza misma, no es dialéctica y propende asimilar fenómenos y procesos repetitivos como monotípicos, o sea, de una manera anticientífica. Sin embargo, si abordamos estos rasgos de semejanza, no como gente común sino como debe hacerlo un científico, descubriremos que, de hecho, se convierten en rasgos de diferencia.
Veamos algunos de los ejemplos más significativos e importantes.
Lo primero que parece evidente es que Rusia, después del «intersticio soviético», ha vuelto al sistema capitalista mundial sobre la base de principios capitalistas.6 Nuevamente, Rusia se ha encontrado dentro de dicho sistema en la posición de un país periférico que pretende ser considerado semiperiférico. Sin embargo, en tiempos de la Rusia zarista, esas pretensiones tenían una base más sólida. El sistema capitalista mundial —en el sentido vigente de este término— solo se estaba formando y no era global en modo alguno. El sistema de relaciones «centro-periferia» se hallaba, asimismo, en la etapa de formación. El hecho de que Rusia llegara tarde al «primer tren» de los Estados capitalistas no constituía para ella (como tampoco para otros países, como Japón, por ejemplo) un obstáculo para pretender su «parte del pastel» y un lugar «digno» entre las grandes potencias. Además, en aquel entonces los criterios que definían el propio concepto de «gran potencia» eran otros. La especificidad del imperialismo ruso (por un lado, la dependencia del Occidente y, por el otro, la formación en el Oriente de Estados dependientes de Rusia) se correspondía más con el concepto de «semi-periferia» que con el de «periferia». A su vez, tampoco se podía hablar de un mundo «unipolar», o sea, de un sistema imperialista mundial, un imperialismo mundial encabezado por los Estados Unidos de América porque en el mundo se libraba una competencia entre diversos imperialismos, más o menos fuertes, y el imperialismo ruso solo era uno de ellos, no el más fuerte, pero tampoco el más débil.
En cambio, hoy día el sistema capitalista mundial ya está formado (después de la descomposición del bloque soviético y la inclusión —observando comprensibles condiciones— de la República Popular China, los posibles «excluidos», incluso si están de veras «excluidos», como Corea del Norte y Cuba, no se cuentan), lo que permite hablar con pleno fundamento sobre la globalización.
Por supuesto, en los tiempos del «primer capitalismo» no existía ninguna «globalización». La entrada de Rusia en el sistema capitalista mundial en los años noventa del pasado siglo, bajo las condiciones impuestas por el derrumbe dirigido de la economía rusa, condicionó la conversión de Rusia en un típico «país-gigante» del «tercer mundo» —por el estilo de la India, Brasil, Indonesia o de la República Sudafricana—. Antes de la Revolución, no existía el concepto de «tercer mundo», precisamente porque no existía aquello a lo que se refiere esta categoría. Un país del
«tercer mundo», incluso tratándose de un «país-gigante», tiene pocas oportunidades de entrar, y menos aún de mantenerse, en la semi-periferia capitalista.
Rusia retornó al sistema capitalista en condiciones mucho más negativas que las perseveradas antes de desprenderse de él (desde luego, peores que las establecidas durante su permanencia en el «segundo mundo»): una economía mucho más débil comparada con los estándares actuales, menos recursos, un territorio menor, una población menos numerosa y una situación geoestratégica desfavorable que no puede compensarse con ningún armamento de misiles nucleares, porque tal armamento no puede reemplazar los puertos de los mares Báltico y Negro, ni el humus de Ucrania, ni el algodón de la región del Asia Central.
Entre otros factores generales relacionados, en primer término, con la economía, aunque no solo con ella, señalaremos el hecho de que la Rusia capitalista de los tiempos de los zares era un país en desarrollo. Por supuesto, el régimen gobernante y las clases en el poder frenaban este desarrollo; evidentemente, el capitalismo en la Rusia de entonces era semifeudal y, como afirmaba Lenin, Rusia padecía no tanto por el exceso del capitalismo como por su déficit. De todos modos, en comparación con la Rusia anterior a la reforma, se observaba un progreso continuo e indudable, a pesar de que quienes disfrutaban de sus frutos eran la minoría, y el propio progreso, como todo progreso burgués, daba pie a monstruosas desproporciones sociales. Dentro de los dudosos términos de la «teoría de la modernización» puede manifestarse que la Rusia zarista sí avanzaba, aunque con demasiada lentitud para sobrevivir en el mundo de entonces, con paradas y retrocesos, por el camino de la modernización. «La segunda edición del capitalismo» en Rusia comenzó con una «desmodernización», si empleamos el término introducido por Stephen Cohen.7 Una gran parte de las altas tecnologías existentes en la URSS fueron simplemente destruidas en la Rusia capitalista actual (la robótica, la industria computarizada, la maquinaria de alta tecnología personalizada, etc.). Se eliminó una gran parte del complejo industrial,8 y el sector correspondiente a las altas tecnologías se redujo al mínimo (el complejo aéro-cósmico, por ejemplo). Incluso las ramas de la economía —que no son ni las más avanzadas, progresivas o de altas tecnologías— sufrieron un daño considerable. El Complejo Militar Industrial, cuya situación era peculiar, tuvo que reducirse significativamente, «estrecharse»; trabajar sobre todo para la exportación. Hoy día, se dedica, principalmente, a exportar armamento del último período soviético.
La catástrofe que abatió la producción de mercancías del «sector B», por ejemplo, en la industria textil, es archiconocida. Sin embargo, en la Rusia zarista, en los primeros veinte años después de la reforma, el consumo de tejidos de algodón de producción nacional se duplicó.9 Entonces, la gran industria textil era una de las ramas más avanzadas, progresivas y de la más alta tecnología. En general —si se excluyen las plantas mineras de los Urales con sus instalaciones atrasadas, calculadas para emplear mano de obra como la de los siervos de la gleba y donde la renovación tecnológica tuvo que prolongarse durante más de veinte años—, la importante industria en la Rusia prerrevolucionaria podía servir de ejemplo de las «altas tecnologías» de aquel entonces, la cual, durante el período 1893-1900, casi duplicó su producción.10
En otras palabras, la Rusia capitalista prerrevolucionaria era un país atrasado desde el punto de vista de los países desarrollados del Occidente, pero progresaba. Por el contrario, la Rusia capitalista actual es un país en regresión, donde las ramas de alta tecnología y de amplio uso de las ciencias se ven reemplazas por una «producción a base de destornilladores», rudimentaria, donde los sectores de la economía que hace cuarenta o cincuenta años se consideraban prósperos se conservan estáticos, y donde, a pesar de la lluvia de «petrodólares» de los comienzos del siglo XXI, el desarrollo técnico-tecnológico real y el rearme se ven reemplazados por altisonantes declaraciones, conversaciones sobre «nanotecnologías» y el fraccionamiento de los presupuestos para «proyectos nacionales».
He aquí otro factor general: la Rusia zarista iba pasando del feudalismo al capitalismo, de una sociedad agraria a otra agroindustrial, del absolutismo a la burocracia burguesa representativa. Las leyes de este cambio están bien estudiadas, como también lo están las sub-variantes de este tránsito, y en el caso de Rusia no se manifestó nada exclusivo o extraordinario. Pero la «segunda edición» es un tránsito del superestatismo al capitalismo, que se produce dentro de una sociedad industrial, es el paso de un régimen político del tipo soviético al régimen burgués. Y, aunque las leyes de tal transición aún no han sido detectadas ni estudiadas —y, al parecer, tampoco interesan a la ciencia académica burguesa, que se satisface por completo con las concepciones seudocientíficas, ideólogo-propagandísticas de la «transitología»—, es un caso que se diferencia por completo del tránsito del feudalismo al capitalismo. Se diferencia, ya tan solo por el hecho de que las tareas del capitalismo —tales como la revolución industrial, la industrialización, la revolución cultural y la urbanización— se resolvieron en la URSS hace mucho tiempo. Sin embargo, el capitalismo en sus formas clásicas solo pudo consolidarse y desarrollarse por haber encontrado apoyo en el ejército de mano de obra barata y no calificada procedente del campo, que se veía obligado, por medio de la coacción, a participar en la producción capitalista en condiciones muy desventajosas.
Una cosa es la Rusia zarista, con 13 % de población urbana (según el censo de 1897) y enormes cantidades de campesinos que acudían a las ciudades, sumisos, poco exigentes, dispuestos, como diría Marx, a desempeñar cualquier trabajo sencillo, y otra bien diferente la Rusia actual, urbanizada, con una población acostumbrada a un determinado grado de comodidad y especializada desde el punto de vista profesional.
Desde luego, es posible que las constantes quejas de nuestros gobernantes, referidas al exceso de especialistas de nivel superior, cuando la economía experimenta una aguda necesidad de trabajadores de nivel medio especializado —como el proyecto de «reforma educacional», cuyo objetivo es el de acabar con tal situación—, podrían modificarla en determinado grado. Sin embargo, esto puede considerarse una prueba más de la diferencia radical que existe entre la «primera edición del capitalismo» en Rusia y la «segunda». En el primer caso, el capitalismo actuaba como una fuerza progresiva de desarrollo, mientras que en el segundo es una fuerza regresiva y degradante.
Hay otro factor relacionado con el anterior, y es la situación demográfica. En la Rusia prerrevolucionaria, la población aumentaba sin cesar. Esto se debía a que, tradicionalmente, las familias tenían muchos hijos y, además, la medicina y la higiene progresaban a pasos lentos pero seguros, lo cual, por supuesto, disminuía la mortalidad, sobre todo la infantil. Incluso en el campo, donde los índices de mortalidad eran superiores a los de las zonas urbanas, solo en la parte europea, en los años posteriores a la reforma, al comienzo del siglo XX, la población aumentó de 4,9 hasta 80 millones de personas,11  y en total para todo el país, sin contar Finlandia y Polonia, pasó de 63 millones en 1858 a 140 millones en 1913.12
Teniendo en cuenta la baja esperanza de vida, esto significaba que Rusia era un país de población joven. Dada la sobrepoblación agraria en la parte europea de Rusia, esto garantizaba un flujo permanente de mano de obra para el desarrollo capitalista (incluido el industrial). De hecho, incluso en las capitales (Moscú y San Petersburgo), los campesinos, según el censo de 1987, constituían entre 67 % y 69 % de la población.13 Es evidente que seguían siendo «campesinos» solo formalmente (por pertenencia social), pero en realidad eran obreros (con algunas excepciones, cuando trabajaban como personal de servicio: doméstico, cocheros, pequeños comerciantes, etc.).
En cambio, en la Rusia actual se observa un decrecimiento poblacional (que los autores neoliberales, tratando de evitar la palabra «extinción», denominan «despoblación»), ante todo a causa del increíble aumento de la mortalidad (hasta la táctica de Gaidar y Chubais —cuando les preguntaban sobre la extraordinaria mortalidad y hacían referencia a la «baja natalidad»— se mostró poco útil. La sociedad no les dio crédito, sobre todo porque la natalidad empezó a crecer de nuevo, mientras que la «despoblación» continuó).14 El brusco aumento de la mortalidad, como ya se ha demostrado en más de una ocasión, está directamente relacionado con las consecuencias socio-económicas de la «segunda edición del capitalismo» en Rusia: la miseria, la disminución general del nivel de vida en gran parte de la población, el aumento de la delincuencia, el alcoholismo, la drogadicción y las enfermedades sociales asociadas con la degradación del sistema de la salud pública social y —en parte— con los conflictos sociales, sobre todo en el Cáucaso.
Simultáneamente, con la disminución de la población en Rusia se observa su rápido envejecimiento. Es evidente que las personas en edad de jubilación, en su mayoría, no pueden constituir un recurso laboral estable. No son capaces de dominar nuevas especialidades. Además, por su estado de salud, no pueden, ni quieren, ajustarse a dificultades y privaciones «temporales», a las cuales la mano de obra joven no calificada sí podría adaptarse.
Como ningún capitalismo puede existir ni desarrollarse sin la mano de obra, esto significa que la «segunda edición del capitalismo» en Rusia se está llevando a cabo en condiciones totalmente diferentes, conectado a un factor tan importante como lo son las fuerzas productivas.
Ahora examinemos algunos temas económicos.
En primer lugar, veamos las relaciones de propiedad. El capitalismo, por su propia definición, se basa en la propiedad privada sobre los medios de producción. Para el momento de la «primera edición del capitalismo», las relaciones de la propiedad privada en Rusia estaban desarrolladas ampliamente y desde hacía mucho tiempo, predominando en la actividad económica. La economía rusa precapitalista se basaba en la producción agrícola que, a su vez, se asentaba en la posesión privada de tierras, o sea, en el latifundio. En la medida en que se desarrollaba el capitalismo en Rusia, las relaciones de propiedad privada en el campo se volvían prácticamente globales (el último paso fue la reforma agraria de Stolipin). El sector privado en la industria estaba igualmente desarrollado. Del comercio, ni hablar. Por supuesto, existían comunas (no en todas partes) y la industria estatal (que, a partir de un momento dejó de ser predominante), pero en las condiciones de las relaciones mercancía-dinero, por regla general, tuvieron que adecuarse a las reglas de la producción privada. Las industrias estatales operaban siguiendo las mismas leyes que las privadas. En sus relaciones con los campesinos estatales y aquellos asignados a posesiones estatales, el Estado ruso se conducía exactamente igual que los propietarios privados (aunque fuese un propietario latifundista de ciervos de la gleba).
En la «segunda edición del capitalismo», la situación inicial en las relaciones de propiedad fue muy diferente. Ahora, el capitalismo se estaba consolidando en un país donde existía una propiedad estatal, prácticamente total, sobre los medios de producción, donde las relaciones de propiedad privada no existían ni funcionaban las leyes del mercado. Es una experiencia esencialmente nueva de consolidación de relaciones capitalistas, y tan solo por eso la «segunda edición del capitalismo» en Rusia no puede ser una «restauración» de la «primera».
En segundo lugar, tampoco son correctas las frecuentes menciones del papel significativo (o incluso «especial») del capitalismo de Estado, tanto en aquel entonces, como ahora. A pesar de una similitud puramente formal y algunos fenómenos conexos comunes (por ejemplo, una elevada corrupción), tenemos ante nosotros dos esquemas diferentes de capitalismo de Estado. En la Rusia zarista, el capitalismo de Estado era solo heredero de la propiedad estatal anterior a la reforma (que en muchos casos era imposible diferenciar de la propiedad imperial). El desarrollo ulterior del capitalismo de Estado en Rusia lo determinaban, por lo general, los intereses estratégico-militares del zarismo (de ahí, un interés especial en los ferrocarriles, en la industria de armamentos y ramas colindantes como la metalurgia). Por grande que fuese la corrupción en este sector económico, el capitalismo de Estado en la Rusia zarista no dejaba de trabajar directamente para el tesoro estatal y los intereses estatales (desde luego, tal y como los comprendían, respectivamente, la familia imperial, la alta burocracia y la clase gobernante). A fin de cuentas, precisamente los medios que se obtenían de la propiedad estatal constituían uno de los renglones más importantes de los ingresos del presupuesto estatal en la Rusia capitalista prerrevolucionaria (el segundo renglón, comparable con el primero, eran las ganancias del monopolio vinícola y otras menores «regalías gubernamentales»).
En cambio, en la Rusia moderna, el capitalismo de Estado se está edificando según los esquemas neoliberales. De acuerdo con ellos, las empresas estatales son sociedades, por acciones, que pagan al tesoro nacional impuestos iguales a cualquier otra empresa de ese tipo. En cuanto a las ganancias, estas se distribuyen de una manera ingeniosa entre el estrecho círculo de los gerentes superiores (miembros de la administración, etc.) que, en su mayoría, son funcionarios estatales de alto rango. Sin embargo, ellos no se apropian de estas ganancias en su calidad de funcionarios, sino como personas privadas (o sea, la ganancia no va a un cargo, sino a una persona). El gran cinismo de este esquema consiste en no presuponer que los gerentes superiores restituyan estas pérdidas a partir de sus propios bolsillos. En caso de que la empresa sufra pérdidas en vez de ganancias, se restituyen a partir del presupuesto estatal, ¡es decir, desde el bolsillo del contribuyente!
En otras palabras, en la Rusia capitalista zarista, el capitalismo de Estado era realmente capitalismo de Estado, mientras que en la Rusia actual no es otra cosa que un biombo neoliberal, utilizado por estafadores y capaz de garantizar un enriquecimiento formalmente legal, pero de hecho criminal (y por lo tanto, encubierto) de la cúspide burocrática.
En tercer lugar, tampoco es correcto comparar la Rusia capitalista prerrevolucionaria y la actual como «imperios de materias primas». En realidad, sí es cierto, ambas, la de ahora y la de antes, eran «imperios de materias primas». Pero el «imperio de materias primas» de hoy no es en modo alguno una restauración del de antes. Para empezar, los tipos de materias primas que se exportan no son los mismos. En el caso de la Rusia prerrevolucionaria se trataba, principalmente, del pan, y luego de todo lo demás (madera, lino, cáñamo, cuero, pieles, etc.). En el caso de la Rusia moderna son el petróleo, el gas, el aluminio y la madera. Es decir, el «imperio de las materias primas» de ahora es heredero de la URSS posterior a la industrialización, porque, si vende al extranjero materias primas (o productos de su elaboración primaria), se trata de materias primas que exigen extracción, reelaboración industrial, transportación en gran escala, y no una materia prima del período preindustrial.
La Rusia zarista, que había llegado tarde al «primer tren del capitalismo», tenía de todos modos junto a sus fronteras un gran número de países atrasados, feudales, dependientes y semidependientes. Podía vender con gran éxito, y sin temor a la competencia de las potencias occidentales, sus mercancías industriales y, en cambio, importar materias primas. A fin de cuentas, esto fue lo que condujo a aquel «imperio de materias primas» al conflicto con Japón, en Manchuria y Corea, y una de las causas principales de que los imperios ruso y otomano se vieran en diferentes bandos durante la Primera Guerra Mundial.
De hecho, la Rusia zarista capitalista, heredera de la Rusia zarista feudal, no podía ser otra cosa que un «imperio de materias primas». Para dejar de serlo, primero debía haber desarrollado el capitalismo en un grado tal, que la producción industrial cubriera las demandas del mercado interno.
La «segunda edición del capitalismo» es heredera del superestatismo soviético, donde la producción industrial era lo suficientemente desarrollada como para competir (al menos en los asuntos técnico-militares) con el principal país del mundo capitalista: los Estados Unidos de América. La URSS del período postestalinista no era un «imperio de materias primas» ni estaba «enganchada» a la «aguja petrolera», a pesar de la fábula tan difundida de E. Gaidar. En vísperas de la Perestroika, la parte de los portadores de energía y la energía eléctrica, como tal, constituían 52 %15 de la exportación soviética; y la energía eléctrica no es materia prima.16 Dos tercios de la restante exportación soviética eran productos elaborados (desde el punto de vista cuantitativo lo que más pesaba era el armamento, pero este tampoco se puede considerar materia prima).
La transformación de la Rusia capitalista actual en un «imperio de materias primas» está directamente relacionada con la «segunda edición del capitalismo». Esta «edición» adoptó la forma de una crisis económica que, como ya hemos dicho, hizo disminuir en 50 % la producción industrial, incluso de la manera más bárbara, cuando empresas industriales, simplemente se cerraban, y sus instalaciones se desmontaban y exportaban como deshechos metálicos. Tan solo en 1994, ¡6 201 empresas industriales sufrieron este tipo de vandalismo y latrocinio!17
Desde luego, sin una guerra total, es imposible volver al período preindustrial. Además, los logros del superestatismo que permitieron a la URSS dejar de ser un «imperio de materias primas», hasta cierto punto, siguen funcionando hoy día. También en la actualidad un determinado porcentaje de la exportación rusa corresponde a la exportación de armamentos, de energía eléctrica y de productos de elaboración primaria (metales en vez de minerales). Pero, se percibe un movimiento opuesto al de la «primera edición del capitalismo». La Rusia zarista, que no se planteaba el objetivo de dejar de ser un «imperio de materias primas» para convertirse en exportadora de altas tecnologías (entonces ni siquiera existía este término), se movía, precisamente, en esta dirección, aunque con mucha lentitud. La Rusia actual, a pesar de haber proclamado el objetivo de reemplazar la exportación de materias primas con la de altas tecnologías, se mueve en el sentido contrario.
Lo único que es común a ambas «ediciones» del capitalismo es una actitud rapaz hacia los recursos del país y un cínico menosprecio de las necesidades de su población. La Rusia zarista aumentaba la exportación del trigo, a pesar de las necesidades internas (según la famosa consigna «¡pasaremos hambre pero venderemos!») y haciendo caso omiso de los precios del trigo en el mercado mundial.18 En la actualidad, como todos estamos observando, sucede lo mismo con el petróleo. Pero esto no es un signo de la restauración; es la conducta clásica del capitalista en el mercado: la ganancia aquí y ahora.
En cuarto lugar, es absolutamente incorrecto trazar paralelos —de ningún tipo— entre la privatización de entonces y la actual. Es archiconocido que los volúmenes de la privatización en la época de la «primera edición del capitalismo» eran bastante modestos, y que durante el reinado de Alejandro III la privatización cesó por completo. También se conoce por qué cesó.
Lo primero es que, la privatización de empresas estatales no produjo las ganancias esperadas por las autoridades; además, una gran parte de las empresas privatizadas dejaron de ser rentables. Las que tenían un carácter estratégico (los ferrocarriles) constituían una pesada carga sobre el sistema crediticio del país y, como se sabe, todo terminó con la compra obligada por el Estado de la gran mayoría de los ferrocarriles privados, que los dueños habían dejado destruir. La explotación rapaz de los ferrocarriles por los privatizadores es algo de conocimiento común en Rusia.19 Todo esto demuestra, una vez más, lo que ya se sabe: la rentabilidad depende no de la forma de la propiedad, sino de una buena administración.
En la Rusia postsoviética, la privatización tiene un carácter diferente por completo. La privatización es la «vaca sagrada» del neoliberalismo, y, según una confesión de Piotr Filippov —que llegó a generar todo un escándalo—, Chubais y otros privatizadores gubernamentales estaban convencidos de que era necesario privatizarlo todo, a excepción tal vez (¡o sea, que lo ponían en duda!) del parlamento y los tribunales.20 Es por eso que la privatización en la Rusia de ahora avanza en ondas, y lo que primero se privatiza son las empresas exitosas y rentables.21 Los alaridos de los neoliberales a causa de la «nacionalización que lleva a cabo Putin» nada tienen que ver con la realidad, porque en la práctica se trata de una reprivatización directa (o sea, de quitarle el negocio a «extraños» para dárselo a los «allegados») o de la creación de aquellas mismas sociedades por acciones seudo-estatal-capitalistas, a las que ya me he referido.
La única similitud fácilmente detectable entre estas dos privatizacione, es el hecho de que, en la Rusia postsoviética y en la Rusia zarista, el Estado recibió de la privatización mucho menos de lo esperado. Así, entre 1993 y 1999 la privatización de las industrias aportó al presupuesto estatal solo 17,2 % de la cantidad planificada.22 Y eso, teniendo en cuenta que estas empresas se vendían a precios irrisorios, generalmente según el valor restante en los precios del período soviético, haciendo caso omiso de la inflación galopante. Según recuerdo, uno de los «participantes» de esta grandiosa estafa —que en otros tiempos tuvo cierta relación con la Organización Central de los Sindicatos de la URSS— en una conversación privada refirió cómo el valor de las empresas solía deducirse por el siguiente método «científico»: se tomaba el volumen de tres meses del fondo de los salarios y… ¡se redondeaba! (y no siempre para aumentar).
En quinto lugar, es absurdo alegar la dependencia de la Rusia zarista y de la actual del capital extranjero. Es evidente que cualquier país de la periferia capitalista depende, de manera inevitable del capital del centro y es, justamente por eso que es dependiente. Pero, en este caso podemos constatar una gran diferencia. En el siglo XIX y en los comienzos del XX no existían instrumentos del poder global como el FMI y el Banco Mundial (BM), que a cambio de créditos imponen determinada línea política y económica. La Rusia zarista podía depender del capital alemán o francés, lo cual, por supuesto, influía sobre su conducta en la arena mundial, pero en comparación con las imposiciones del FMI no eran más que travesuras infantiles.
Además, durante la «primera edición del capitalismo» en Rusia se advertía el tránsito de la importación de mercancías a la importación de capitales. La política de proteccionismo —cuyo símbolo era I. I. Vishniegradski, ministro de Finanzas— incitaba, sin ambages, al capital extranjero a participar, ante todo, en las compañías rusas; debido a ello el capital extranjero, invertido en las empresas industriales rusas, superaba, en la mayoría de los casos (y por mucho), el capital de las empresas extranjeras en Rusia.23 Claro, puede alegarse, siguiendo los pasos de M. N. Pokrovski, que este proteccionismo afectaba el bolsillo del consumidor ruso de la clase media y baja, pero hubiera sido raro esperar otra cosa de un poder clasista en un Estado clasista.
En cambio, hoy día observamos, tanto la importación de mercancías, como de capitales, simultáneamente. Y, a pesar de los gritos de los funcionarios gubernamentales sobre la «seguridad de los productos alimentarios», y otros por el estilo, el régimen gobernante no recurre a medidas reales de protección; las reemplaza con acciones propagandistas de carácter político (lucha contra el vino georgiano y el agua mineral Borzhomi, contra la carne polaca, las «patitas de Bush» —no en general, sino de determinadas empresas—, ¡y todo esto de manera temporal!), puesto que tales medidas no rezan como dogmas del neoliberalismo. El único ejemplo impresionante de golpe asestado a la importación de mercancías (y, por consiguiente, de estimulación de la producción nacional) fue el default de 1998. Pero en esto no hubo ningún mérito del gobierno (ni del régimen en general). La estimulación de la producción nacional se produjo por sí sola, siguiendo las leyes generales de la economía capitalista, a continuación de la catastrófica caída de la capacidad adquisitiva de la población y la devaluación del rublo. Además, el gobierno dio muestras de su propia incompetencia.
Por el contrario, el único sector donde en la Rusia postsoviética se pudo observar, durante mucho tiempo, el proteccionismo, es en el bancario. Los nuevos banqueros tenían miedo, ante todo, a ser devorados por los «gigantes» extranjeros, y en segundo lugar a que se pusiera de manifiesto el carácter criminal de la actividad bancaria en Rusia (en ningún caso, los bancos occidentales permitirían que delincuentes comunes ocuparan cargos de autoridad en su gerencia).
Si hubo algo contra lo que se luchó durante la «segunda edición del capitalismo» en Rusia, fue contra la libre importación del capital. En cambio, Rusia sí exportó capital legal e ilegalmente, y nadie sabe cuánto se ha exportado. Las valoraciones oscilan entre 800 000 millones y 1,2 millones de millones.24
Desde luego, puede decirse que si Vishniegradski no hubiera «vendido Rusia al capital occidental», el sistema económico zarista se hubiera desplomado. Pero la «segunda edición del capitalismo» en Rusia comenzó, precisamente, con un desplome así. Y, sin duda, es algo muy diferente. Finalmente, en el capitalismo prerrevolucionario, el capital extranjero se empleaba casi por completo en los sectores más avanzados de la producción. Los negocios bancarios, el tratamiento de los metales, la extracción del petróleo, la industria química, la construcción de automóviles, entre otros, traían a Rusia nuevas tecnologías y ramas de producción; o sea, actuaba como una fuerza propulsora del desarrollo. Hoy día, el capital extranjero se dirige a los sectores de materias primas, a la industria alimentaria, a la producción de cosméticos y productos de higiene, y si trae algo propio, no son más que medios auxiliares de producción. Es decir, actúa como representante del «primer mundo» en el «tercer mundo», preserva en el país de la periferia capitalista el atraso tecnológico e incluso destruye, literalmente, las industrias de alta tecnología a fin de eliminar a posibles competidores (como ha sucedido con varias empresas de la aviación y de equipos electrónicos o con una planta de artículos metálicos en Perm).
En sexto lugar, la situación en la agricultura —esta importantísima rama de la economía— en las dos «ediciones» del capitalismo no es simplemente diferente o diferente en sus principios, sino diametralmente opuesta por sus tendencias. A mediados de la primera década del siglo XX —o sea, antes del intento de Stolipin de perpetrar una revolución desde arriba—, la situación de la agricultura en la Rusia zarista era bien conocida por los contemporáneos. Por más que discutieran los bolcheviques (Lenin), los mencheviques (Maslov), los constitucionalistas-demócratas (Kauphman), los socialistas revolucionarios (Chernov) y los representantes de la derecha (Yermolov), estas discusiones tenían que ver, sobre todo, con algunos detalles, interpretaciones y pronósticos.25 El cuadro, en su conjunto, era bastante transparente. A pesar de la activa implantación del capitalismo en el campo, desde los tiempos de la reforma agraria, la agricultura rusa seguía siendo extremadamente atrasada, subdesarrollada y semifeudal. Esto se advertía por el hecho de que la aplastante mayoría de las empresas agrícolas no participaban en la producción para el mercado, lo cual es absurdo desde el punto de vista del capitalismo. Según los cálculos del académico Nemchinov —que ya son clásicos—, durante el período 1909-1913, después de la reforma de Stolipin, los latifundistas producían 21,6 % del pan, los kulaks50 %, mientras todos los demás campesinos —la gran mayoría— solo 28,4 %.26 En otras palabras, la mayoría de las familias campesinas en la Rusia prerrevolucionaria apenas garantizaba la alimentación de sus propias familias. Esto es puro feudalismo, economía natural, cualquier cosa menos capitalismo. Cómo se reflejaba esto en números absolutos, se puede encontrar en la obra de Lenin Programa agrario de la social-democracia en la primera revolución rusa de los años 1905-1907. Lenin calculó, en la parte europea de Rusia unos 10,5 millones de familias campesinas pobres; un millón de familias de nivel medio; l,5 millones de kulaks y capitalistas y 0,03 millones de latifundios de tipo clásico, basado en la servidumbre.27
La presencia de un fenómeno —tan francamente feudal— como el latifundio propiciaba en la Rusia europea el déficit de tierra en manos de los campesinos (o, si se quiere, la sobrepoblación agraria). En 1905, 28 000 grandes terratenientes poseían 62 millones de diesiatinas28 (3/4 de la tierras), mientras que 619 000 propietarios medianos y pequeños poseían solo 6,2 millones. Según, Lenin: para que una familia campesina pudiera sobrevivir hasta la próxima cosecha sin morir de hambre y sin endeudarse, y además, pagando los impuestos, necesitaba poseer, como promedio, no menos de 15 desiatinas. Es fácil de calcular; 82,3 % de todas las familias campesinas poseían menos de esta cantidad en 1905.29
Desde luego, este cálculo se basaba en las pobres cosechas de entonces, 41,4 puds por desiatina en la Rusia europea, y tomando en consideración que las cosechas iban en aumento, aunque con lentitud.30 En vísperas de la Primera Guerra Mundial se llegaron a cosechar 45 puds de cereales, entre ellos, trigo, 55 puds por desiatina. Sin embargo, no era comparable con Europa, donde se cosechaba en Francia (90 puds de cereales), en Alemania (152 puds, entre ellos, 157 de trigo), en el imperio Austro-húngaro (89 puds), en Bélgica (168 puds), etc..31 Este aumento de las cosechas permitió a los bolcheviques trazar el límite inferior de la hacienda del campesino medio, no en 15 desiatinas, sino en 8,5 en las tierras de humus y en 9,5 en las demás.32
Como demostró el académico L. V. Milov, en su trascendental obra Vielikorusski pajar (El labriego de la Gran Rusia), no tenía sentido transferir a Rusia la experiencia agrícola del Occidente. En Rusia la agricultura subsistía en condiciones inestables, tan poco propicias desde el punto de vista climático (con excepción del sur de Rusia y el sur de Siberia) que el campesino ruso no podía alimentar al terrateniente y a la vez a su propia familia (Estado basado en el latifundio). Uno de los dos tenía que pasar hambre o vivir semihambriento.33  Puesto que eran los terratenientes quienes poseían la fuerza de las armas, era el campesino quien se veía obligado a pasar hambre y degradarse por esta razón, y todo lo que podía hacer era diezmar, de vez en vez, el número de parásitos y abusadores, lo cual hizo desde los tiempos de Rasin y hasta los intentos «ilustradores» del período 1905-1907. Todo intento por variar
—de manera radical— la situación implantando novedades de la técnica agrícola estaba de antemano condenado al fracaso: ¡es imposible renovar tecnológicamente una diminuta parcela!
La única salida de este impasse era el tránsito a la producción agrícola industrial a gran escala. Pero esto no era posible sin eliminar, tanto al latifundio, como a la pequeña hacienda campesina. Esta circunstancia fue la que condenó al fracaso a la reforma agraria de Stolipin —y no, como tratarían de demostrar más tarde los autores soviéticos que escribían por encargo, el hecho de que solo 26 % de los campesinos salieron de las comunas y muchos regresaron más tarde; que la liquidación de la sobrepoblación agraria, la campaña de traslados forzosos, no dio resultado; que el hambre de 1911 demostró la inestabilidad del crecimiento agrícola, etc. Más ridículos aún, son los argumentos de los apólogos actuales de las reformas de Stolipin: «que los malditos masones le negaron al pobre Piotr Arkadievich los veinte años de tranquilidad que él pedía; primero lo mataron, luego desataron la Primera Guerra Mundial y, por último, la revolución»—. La reforma de Stolipin no pudo garantizar un desarrollo normal y exitoso del capitalismo porque, en vez de elegir entre la vía prusiana y la estadounidense, (según Lenin) optó por ambas a la vez: implantaba en el campo el capitalismo campesino (los kulaks) y conservaba la propiedad latifundista, que era un vestigio del feudalismo. Se comprende que esto último se debió a presiones por parte de la clase gobernante. En 1906, el I Congreso de los apoderados de las sociedades de los nobles calificó el atentado contra la propiedad terrateniente como «el primer paso hacia el régimen socialista».34
Al mismo tiempo, la guerra civil, que se desarrollaba a media marcha entre los campesinos y los terratenientes e iniciada en el campo ruso en 1902, llegó a su punto álgido en 1905 cuando fue quemada una sexta parte de todas las haciendas de los terratenientes, demostró que los intereses de estos y de los campesinos (la pequeña, mediana y hasta gran burguesía agraria) estaban en una irreconciliable contradicción, porque todo lo que deseaban los campesinos era dividir entre ellos las tierras de los latifundistas. No era una guerra de los pobres contra los ricos, era una guerra de clases: entre la burguesía agraria (en unión con el proletariado y el semiproletariado agrario) contra los feudales. Esto lo comprendió muy bien Teodor Shanin, quien describió el año 1905 como una guerra entre la comuna campesina, encabezada, no por los campesinos pobres, sino por los medianos contra sus opresores de tantos siglos.35
A esa guerra civil a media marcha, la reforma de Stolipin agregó otra: la guerra entre la gran mayoría de los campesinos (las comunas) contra el «caníbal», o sea, el kulak, que «devoraba» a la comuna (sin dejar de aprovecharse de todas sus ventajas, apartándose después de la comuna sin pagar rescate y con las mejores tierras). En 1917, esta situación era indiscutiblemente evidente.36 Pero es necesario comprender que las reformas sociales no se organizan para suscitar revoluciones sociales (en este caso, una guerra civil a media marcha contra los kulaks), sino para prevenirlas. La reforma de Stolipin no es una excepción. La reforma fracasó desde el momento mismo de su inicio porque para lograr éxito necesitaba «veinte años de paz», sin embargo originó una guerra civil.
Además, las haciendas tipo granja solo podían existir en el sur de la parte europea de Rusia y en el sur de Siberia, donde las condiciones naturales eran favorables. Esto puede comprenderse con toda claridad, leyendo cualquier trabajo serio relacionado con el tema, por ejemplo, el artículo de P. D. Ryndziunski «Éxodo campesino y población rural en los años 80 del siglo XIX».37 El hecho de que solo allí existía una creciente demanda de trabajo libre asalariado y solo en aquel lugar se pagaba decentemente —sobre todo en las cercanías del Cáucaso— es muestra de que estas eran las únicas zonas donde el capitalismo «americano» podría desarrollarse con cierta seguridad.38
Es decir, si Slicher van Bath, citado como autoridad por Richard Pips, tiene razón, la agricultura rusa, tanto antes de la reforma de Stolipin, como después de ella, no podía —según las leyes generales del desarrollo— garantizar la existencia de «una industria, un transporte y un comercio altamente desarrollados».39 La reforma de Stolipin no hizo más que generalizar el conflicto entre la nobleza y la burguesía (conflicto que se manifestó en toda su plenitud en 1905 y mostró la cobardía y la debilidad de la burguesía rusa). Además, el estado de ánimo de los pequeños y medianos propietarios rurales no era burgués, sino pequeño burgués, o sea, socialista-nivelador; esto frenaba el desarrollo del capitalismo en la Rusia prerrevolucionaria. Hablando con rigor, los bolcheviques deberían erigir un monumento a Stolipin por haber creado —con su reforma— todas las premisas para la revolución de 1917 en el campo. El cuadro que se observa hoy es diferente por completo. Ante todo, el problema no ha sido investigado científicamente. La estadística es confusa y, a todas luces, falsificada —sobre todo— con el fin de obtener (y robar) créditos estatales y también para apropiarse, de modo criminal, de propiedades rurales.
La condición inicial para la «segunda edición del capitalismo» en el campo fue la existencia de la propiedad estatal generalizada sobre los medios de producción, incluida la tierra (en parte enmascarada como «colectiva», o sea, de los koljoses). Y aunque nuestros cantores del «sector privado» y «haciendas tipo granja» —como Chernichenko— que luego mostraron su falta absoluta de competencia, primero pusieron por las nubes los logros de las pequeñas haciendas, rápidamente se hizo evidente que los productos principales como pan, leche, carne, huevos, ave y pescado, no provenían de pequeñas haciendas particulares, sino de las grandes industrias agrícolas organizadas en la URSS en los últimos años de su existencia.
Las bases de este sistema habían sido fundamentadas en los tiempos de la colectivización forzada, y aunque el camino elegido fue contrarrevolucionario por completo (no estadounidense ni prusiano, sino más bien inglés, solo que el landlord en este caso era el propio Estado), la dirección estratégica —gran hacienda industrial—, en las condiciones climáticas de Rusia, era la única acertada.
Pero en la «segunda edición del capitalismo» este sistema fue destruido (formalmente), porque no había logrado satisfacer las crecientes necesidades de la población. Hoy día, el nivel de las necesidades de la población ha disminuido significativamente, sin embargo, la agricultura, tampoco puede satisfacerlas porque una gran parte de la producción agrícola ha sido destruida. Si bien, la URSS, en rasgos generales, garantizaba la producción de sus propios alimentos (recordemos cómo durante el período del «estancamiento» la URSS importaba no cereales en general, sino cereales de forraje, lo cual era inevitable en estas patológicas condiciones, cuando los campesinos se las ingeniaban para alimentar a su ganado con panes horneados, por ejemplo), hoy día, Rusia no puede alimentarse a sí misma y depende de la importación.
Un caos fantástico se observa en las formas de administración en el campo. Una parte de los koljoses y sovjoses (que ahora se llaman gosjoses) han sobrevivido y funcionan. Otra parte se ha convertido en sociedades por acciones, desaparecido o convertido en empresas capitalistas con todas las de la ley. Un número significativo de los koljoses fueron disueltos, y los koljosianos recibieron sus respectivas acciones participativas. Por regla general, esta ha sido precisamente la parte de la población, que, de hecho, ha abandonado el giro mercantil real y retornó al autoabastecimiento, casi a la economía natural. Al igual que en la «primera edición del capitalismo», las haciendas granjeras solo han sido rentables en el Sur, mientras que en todas las demás partes del país van feneciendo lentamente.40
Con la misma lentitud, pero con mucha mayor seguridad, en la agricultura rusa, se van consolidando nuevos latifundios. Pero sus dueños son ahora bancos y sociedades por acciones que compran tierras de labrantío y otros bienes rurales (incluso sin explotarlos, por si acaso).
Sin embargo, estos nuevos latifundistas chocan con una situación, en cierto sentido, aún más desfavorable para el desarrollo del capitalismo que la existente a finales de siglo XIX y comienzos del XX. En un gran número de regiones, sobre todo en las tierras que no son ricas en humus, se observa el mismo panorama: campos abandonados llenos de malas hierbas, granjas destruidas y saqueadas, cementerios de equipos herrumbrosos, aldeas moribundas. Es decir, si la «primera edición del capitalismo» se vio ante la necesidad de reformar la agricultura, la «segunda» se ve forzada a crearla de nuevo. Antes, existía sobrepoblación agraria y excedente de la mano de obra; hoy prevalecen las aldeas vacías y un gran déficit de la mano de obra. Antes, en la Rusia europea «faltaba tierra» (la llamada escasez de tierra), ahora la tierra es lo que sobra. Antes, el propietario de los medios de producción tenía que lidiar con trabajadores analfabetos, poco exigentes, dispuestos a trabajar por un salario bajo e incluso sufrir privaciones. Hoy, se ve obligado a vérselas con aldeanos «pervertidos» —por el período de estancamiento— sin disposición alguna para sudar por unos pocos kopeks.
Es decir, la «primera edición del capitalismo» había chocado con un campo en desarrollo, pero este desarrollo era monstruosamente lento (Lenin, con toda evidencia, en su famosa obra Desarrollo del capitalismo en Rusia, sobrevaloró el grado del desarrollo del capitalismo en el campo y, después de la revolución de 1905, se vio obligado a reconocerlo y corregir su posición). Hoy, en cambio, el capitalismo ruso convive con un campo, en parte estancado, en parte degradado y en extinción, incapaz de alimentar al país.
Esta situación actual es cómoda para el capitalismo en dos sentidos. No es necesario recorrer un largo camino para desarrollar —en el campo— la gran industria agrícola: fue creada ya en la época del superestatismo. Pero, surge la cuestión de la mano de obra, de los cuadros profesionales y la infraestructura. Nadie se ha dedicado a calcular si la capacidad adquisitiva del consumidor interno alcanza para pagar tal rearme de la agricultura. Y si la respuesta fuera negativa, entonces es posible encontrar mercados externos y, por consiguiente, préstamos externos. La otra ventaja para el capitalismo actual es la ausencia de una guerra social en el campo. La guerra social contra el capitalista y contra el terrateniente solo podía librarla la comuna, fuerte por la cantidad de sus miembros y por la fe en su propia razón. Es lógico que la población rural, desunida, individualizada y degradada, no sea capaz de una fuerte y masiva resistencia. Sin embargo, suele recurrir a una resistencia individual y pasiva (o sea, se alcoholiza). No se sabe qué es peor.
Es posible citar muchos ejemplos relacionados con la rama de la economía. Pero me limitaré a uno: la política fiscal. Se sabe que en la Rusia capitalista prerrevolucionaria los impuestos directos no representaban un renglón significativo en el presupuesto estatal. En 1900 aportaron al tesoro 7 % de todos los ingresos; 7,8 % en 1907 y 7,9 % en 1913.41 ¡El impuesto sobre ingresos no existía!42 Las principales fuentes de ingresos del presupuesto eran tres: las ganancias aportadas por propiedades y capitales estatales; las «regalías gubernamentales», ante todo el monopolio sobre las bebidas alcohólicas (en 1913 el «dinero borracho» llegó a 899,3 millones de rublos de 1 024,9 millones de rublos de las «regalías estatales»), y los impuestos indirectos, ante todo los aduanales. Es justo precisar cómo en 1906 las ganancias aportadas por el monopolio sobre las bebidas alcohólicas superó con creces, incluso, los ingresos aportados por las propiedades estatales (697,5 millones de rublos contra 602,6 millones, lo que dio pie al agudo término de «presupuesto borracho»). Incluso, los impuestos indirectos (tomados junto con los impuestos aduanales) jamás aportaron, no la mitad, ni tan siquiera una cuarta parte de los ingresos al presupuesto (por ejemplo: en 1906 fueron 494,2 millones de rublos de la cantidad total de 22 720,7 millones y en 1913; 708,1 millones de 3 417,4 millones).43
Todo esto se diferencia de manera radical de la política fiscal de la Rusia postsoviética, que contempla a la población como una «enorme vaca» a la que es preciso ordeñar. Desde luego, hoy no se imponen a una empresa impuestos que se correspondan con 80 % o 100 % de sus ganancias, como se hacía, digamos, en 1904, para arruinarlas artificialmente y comprarlas a precio bajo como parte de la campaña de privatización.44 Pero aún así, la fama de saqueadores que tienen nuestros órganos fiscales es perfectamente merecida.
Es evidente que la lógica general de la política fiscal en la Rusia de hoy es diametralmente opuesta a la de la Rusia capitalista prerrevolucionaria.
Veamos, por último, algunos temas sociopolíticos y culturales.
En primer lugar, la Rusia zarista era un Estado clasista y de castas, y esto repercutía en toda la vida social, incluso en la esfera económica (no hay dudas de que el Estado ruso, después de la reforma de 1861, solo se dedicaba a salvar a la nobleza terrateniente y, cuando esto no era posible, facilitaba el destino de los nobles ofreciéndoles toda clase de prebendas). Esta división social sobrevivió hasta 1917, a pesar de que —después de 1861— entraba cada vez más en contradicción con los principios del capitalismo (sabemos por la experiencia mundial que —como norma— la división social en castas es característica de relaciones precapitalistas y, por lo general, la revolución burguesa las elimina).
La división social en castas limitaba, en gran medida, los niveles de libertad en la sociedad y la hacía menos activa, obstaculizaba su desarrollo y, en particular, cerraba muchos canales para la movilidad vertical en la sociedad. En Rusia, la existencia de diferentes capas sociales, algunas sujetas al pago de impuestos y otras no (situación que las ubicaba en posiciones económicas desiguales), frustraba a estas últimas y corrompía a las primeras. Pero, aún más importante para la vida cotidiana era el hecho mismo de la existencia de castas privilegiadas y no privilegiadas, e incluso semiprivilegiadas, como los comerciantes de primer y segundo grados. Esta posición semiprivilegiada les permitía pagar rescate —en forma de productos naturales o personales—, a fin de no pasar el servicio militar, ni pagar impuestos.
La vida de los representantes de las diversas capas sociales se diferenciaba de una manera radical. Al no privilegiado —durante un interrogatorio— se podía maltratar a golpes o torturar, mientras que al privilegiado, jamás. Por eso los rumores sobre la tortura aplicada a Dmitri Karakosov, de origen noble, causó tanto impacto en la sociedad y se tomaron todas las medidas para acallar la información. Al no privilegiado lo podían someter a castigos corporales (a los campesinos se les azotaba incluso después de haber sido prohibidos los castigos físicos). A su vez, los representantes de las capas privilegiadas tenían ventajas (hasta 1906) a la hora de iniciar su trabajo en una empresa estatal o «subir» en la escala laboral; incluso después de las reformas de 1860 la «mayor» de las capas sociales no privilegiada, el campesinado, constituido por la gran mayoría de la población, no obtuvo acceso al tribunal civil general. Además, el gobierno hacía todo lo posible para limitar el acceso de los representantes de las castas «inferiores» a la nobleza, aunque era evidente que tal ascensión solo podían hacerla los más fieles al régimen o los más talentosos. Los mil o mil quinientos individuos que anualmente recibían la dignidad de nobles, gracias a sus servicios o condecoraciones, no eran más que una gota en el enorme océano de 140 o 150 millones de personas. Y eso, tomando en cuenta que acceder a la condición de noble se hacía cada año más difícil. Nicolás I y Alejandro II elevaron los requisitos exigidos para ello (tanto civiles, como militares). Alejandro III impuso trabas para conquistar dicha condición, sujetándola a la condecoración con las órdenes correspondientes. Mientras tanto, Nicolás II se oponía firmemente (¡incluso en vísperas de la Revolución de 1905!) al ingreso en las filas de la nobleza de grandes terratenientes procedentes de las capas «inferiores», a pesar de la evidente estupidez clasista de tales medidas.45
La formación de las clases en la Rusia prerrevolucionaria estaba, en esencia, terminada (ya no surgió ninguna clase nueva), pero las categorías de las capas sociales y las clases no solo no coincidían, sino que se separaban cada vez más.
A finales del siglo XIX lo habitual era que el obrero fuese considerado «campesino» y sus nexos con la aldea se mantuviesen íntegros, porque allí quedaba la familia hacia la cual se podía regresar en caso de haberse quedado sin trabajo (en el primer período del capitalismo incluso existía la costumbre de dejar la fábrica y regresar, temporalmente, a la aldea en los tiempos del mayor auge de trabajo agrícola). Pero, en 1912 lo usual era que el obrero fuese proletario de origen (en todas partes, y no solo en los Urales o en Polonia), aunque también se le consideraba oficialmente «campesino».
Sin variar la composición clasista del país —modificándose solo la cantidad y el peso de cada capa social dentro de las clases—, estaba teniendo lugar una intensa descomposición del campesinado como capa social. La mayoría seguían siendo campesinos (pequeños propietarios rurales); una gran parte se depauperaba y se convertía en proletarios (y algunos de ellos en lumpens); un pequeño sector se enriquecía y engrosaba las filas de la burguesía (principalmente, rural, pero no solo rural, porque algunos llegaban incluso a convertirse en comerciantes).
A la vez, ocurría la descomposición análoga de la burguesía y también de la nobleza. Sin embargo, precisamente la división en castas proporcionaba a los nobles la extraordinaria posibilidad de conservar su estatus y perspectivas sociales (por ejemplo, obtener plazas en el aparato estatal), a pesar de haberse empobrecido e incluso arruinado.
En otras palabras, puesto que la división clasista estaba plasmada jurídicamente, el capitalismo abrió en Rusia un único canal de movilidad social vertical: el enriquecimiento personal. No obstante, después de la Revolución de 1905, la Duma se constituyó como un órgano al margen de las clases y capas sociales y, como suele suceder en las revoluciones demócratas-burguesas, surgió un segundo canal, aunque no del todo masivo: la carrera política o social.
En la Rusia actual se observa un panorama totalmente diferente.
En primer lugar, el tránsito a la sociedad capitalista no se realizó a partir de una sociedad precapitalista, sino a partir de un modelo social consolidado durante el superestatismo donde, formalmente, la sociedad seguía siendo clasista, pero las diferencias de clases estaban desplazadas a la esfera de la superestructura. De hecho, desde el punto de vista económico, los representantes de todas las clases soviéticas estaban en la misma situación: todos eran asalariados del Estado.46
En segundo lugar, debido a la transformación de las clases sociales superestructurales (extraeconómicas) en clases sociales económicas «normales», este proceso de formación de clases se ha prolongado en exceso. Hoy, quince años después, todavía no está concluido. Allí donde ha acabado la formación de clases, estas son estables; los casos de tránsito de una clase a otra, desde luego, ocurren, pero carecen de carácter masivo. En la Rusia postsoviética del período 1992-1994, muchos obreros y empleados se convirtieron en pequeños empresarios (o sea, en pequeñoburgueses), en su mayoría en vendedores ambulantes y pobres de oficio (lumpens-proletarios). Pero en 1998, por el contrario, un gran número de pequeños empresarios se arruinaron y se convirtieron —en su mayoría— en trabajadores asalariados de la esfera de los servicios (los propios vendedores ambulantes perdieron su negocio y pasaron a trabajar para vendedores ambulantes de más éxito). En los años 2000, la mayoría de las «firmas ambulantes» se vieron aplastadas por las grandes redes comerciales y por los gobiernos locales, y los trabajadores de estas firmas se vieron obligados, masivamente, a volver a variar el perfil de su actividad.
Es preciso señalar que este fenómeno nada tiene que ver con la ley de cambio de perfil laboral descubierta por Marx (no está relacionada con una renovación tecnológica de las grandes industrias), ni tampoco con su variante específica, sobre la cual se escribió mucho en Occidente durante 1960 y 1970, cuando la renovación tecnológica, a causa de la Revolución Científico-Técnica (RCT), adquirió ritmos tales que comenzó a obligar a los trabajadores a cursar estudios especiales o, al menos, a cambiar de nivel profesional varias veces a lo largo de la vida laboral. El traslado de la mano de obra —descrita anteriormente— (y el cambio de pertenencia social) no suele exigir grandes cambios de conocimientos (porque hasta los que ya se tienen resultan excesivos) ni conduce a la elevación del estatus social. Además, esto en primer lugar, no afecta a los representantes de las clases y capas sociales gobernantes y, en segundo, se asemeja mucho al fenómeno de ocupación precaria.
A lo largo de la década de los noventa, no menos de 60 % de la población rusa cambió más de una vez su perfil laboral y pertenencia formal de clase. Conozco, por ejemplo, a un científico que se convirtió en obrero-soldador, luego en un guardia de protección, después en comerciante, posteriormente en administrativo y, de nuevo, en guardia de protección; y todo esto entre 1994 y 2001. Conozco también a un arquitecto que fue, sucesivamente obrero, guardia de protección, vendedor de agromercado, desempleado y vendedor ambulante (entre 1994 y1998). Conozco, a su vez, a una maestra que fue vendedora ambulante, vendedora en un agromercado, empresaria teatral, prostituta, joyera, vagabunda sin techo y sin trabajo, entre 1994 y 1999.
La formación de clases en Rusia no se ha terminado. En vez de senderos estables de traslado de una clase a otra (por ejemplo, de campesinos a proletarios, como en la Rusia prerrevolucionaria), observamos un «desplazamiento caótico» de un lugar de trabajo a otro, obediente a principios casuales y con evidentes desproporciones entre la oferta y la demanda en el mercado de la mano de obra.
Una estructura clasista estable presupone el traspaso del estatus social por herencia (o al menos la posibilidad de tal traspaso). En Rusia, los herederos apenas han empezado a aparecer, exclusivamente en las capas sociales más elevadas (sin contar los enclaves de la actividad artística —como la artesanía— donde la profesión y el lugar de trabajo se traspasan de una generación a otra), mientras que la mayor parte de la población se ha visto, de forma periódica en la posición de desclasados. Las personas que ayer fueron trabajadores de los koljosesy sovjoses, hoy pueden ser cualquier cosa: proletarios y semiproletarios agrícolas, granjeros, especialistas, ingenieros, desempleados, obreros urbanos no calificados (o calificados), guardias de protección, vendedores, etc. A diferencia de la Rusia capitalista prerrevolucionaria, donde existía el proceso típico del paso de la estructura clasista feudal a la estructura clasista de la sociedad burguesa, en la Rusia de hoy la formación de clases tiene un aspecto caprichoso: se están formando de modo simultáneo clases y grupos sociales pertenecientes a diferentes períodos históricos. Este proceso exige un estudio especial, riguroso, no por encargo y al margen de todo tipo de tendencias propagandistas. Digamos, ¿qué es el publicitado «plancton de oficina»?, ¿es un «proletario de nuevo tipo», como dicen algunos, «administrador colectivo», como opinan otros o «una capa social provisional parásita de la economía virtual», según manifiestan unos cuantos?
Mientras tanto, la cuestión de la estructura clasista de la sociedad rusa contemporánea, lejos de aclararse, se embrolla cada vez más. Los representantes de la ciencia académica (y aplicada) que dependen financieramente del Estado y de los grandes negocios ni siquiera intentan aclararla, todo lo contrario, la hacen cada vez más confusa. En parte, conscientemente, cumpliendo un encargo social y, en parte, sin querer, debido a la inconsistencia metodológica (en el período postsoviético los criterios —sobre qué es científico— fueron sometidos a ataques por parte de la ideología del postmodernismo), y también como reflejo del carácter inconcluso de la formación de clases.
Como ejemplo del ocultamiento consciente, podemos citar el artículo «Estructura social de la sociedad rusa moderna» de la conocida socióloga Tatiana Saslavskaya.47 Este trabajo, no se sabe por qué, ni en virtud de qué metodologías, propone una división de la sociedad rusa en cuatro capas, denominadas simplemente «superior», «medio», «básico» e «inferior». Si observamos las tablas que acompañan dicho artículo, descubriremos que en esta «investigación», por ejemplo, los funcionarios no existen en absoluto (a diferencia de los «propietarios de empresas y firmas»). El artículo no explica debido a qué elementos, ni quiénes pasan a formar parte de una u otra capa social.
Sin embargo, si nos dirigimos al artículo de Saslavskaya «Proceso de transformación en Rusia: aspecto socio-estructural», nos enteraremos de que, por ejemplo, la «capa básica» incluye a los «intelectuales, semiintelectuales (trabajadores técnicos), empleados del comercio y del sector de servicios, obreros de calificación media y alta, y los campesinos».48
¡Es decir, que un campesino pobre de algún remoto lugar provinciano y un peluquero de un salón de glamour en la calle Tverskaya de Moscú pertenecen a la misma capa social! Obliga a pensar, que una autora tan experimentada y altamente calificada como T. Saslavskaya sabe para qué y con qué fin escribe y publica esas estupideces, francamente anticientíficas. A propósito, en este último trabajo las capas sociales ya no son cuatro, sino seis: se incorporan la «élite» y «el fondo social».49
Otro ejemplo de investigación «ensombrecedora» es la encuesta llevada a cabo, en 2003, con los recursos de la fundación F. Ebert. Esta encuesta se proponía (sin fundamentarlo de ninguna manera) dividir la sociedad rusa contemporánea en las siguientes capas sociales: «superior», «parte superior de la capa media», «capa media», «parte superior de la capa obrera», «obreros», «capas más bajas».50 Aquí, la confusión entre diversos principios de clasificación es tan evidente que viene a la mente el absurdo versito: «Van volando dos cocodrilos; uno es verde y el otro vuela al noroeste»…
En cuanto a Z. T. Golenkova e I. D. Igitjanian, autores del artículo «Ocupación laboral y procesos socio-estructurales», descubren en Rusia una «clase de trabajadores asalariados», sin darse cuenta, al parecer, de que al grupo de trabajadores asalariados pertenecen, tanto la auxiliar de limpieza en una guardería infantil, como el primer ministro Putin, y que ubicarlos en una misma clase social51 resulta, cuanto menos, ingenuo. A propósito, el contenido del artículo pone en evidencia que no se trata de una mala intención, sino de una confusión metodológica.
Otro ejemplo gracioso. En 1997 el Instituto Independiente Ruso de Estudios Sociales y Nacionales llevó a cabo una encuesta que pone de manifiesto, precisamente, la estructura clasista de la sociedad rusa (por el método de autoidentificación). A los encuestados se les propusieron solo tres variantes de respuesta: «clase alta», «clase media» y «clase baja».
¡En Rusia, al parecer, no hay otras clases! Los investigadores constataron que a la «clase baja» se adscriben, principalmente, «representantes de la tercera edad», desempleados, jubilados (me gustaría saber en qué se diferencian de los «representantes de la tercera edad»), obreros y habitantes de regiones rurales. Entre los de la «clase alta» se cuentan representantes de la juventud, empresarios, estudiantes (¡al parecer, estos no son representantes de la juventud!) e intelectuales especializados en humanidades (¡qué cosa tan interesante!). Los resultados de la encuesta vienen acompañados de una aclaración: «Desde luego, no se trata de la división de la sociedad en clases sociales».52  ¿Y de qué se trata, exactamente?
A propósito, es difícil esperar otra cosa de nuestra sociología oficial porque ha pasado por la escuela soviética de edificación, levantando un panorama de la realidad, cómodo para «los de arriba». El famoso escándalo en la Facultad de Sociología de la Universidad Estatal de Moscú solo expuso al conocimiento público la situación real de nuestra sociología. Pero esto no elimina el hecho de que la estructura social en la Rusia actual no está investigada ni comprendida, aunque es del todo evidente que se diferencia radicalmente de la estructura social de la Rusia prerrevolucionaria. Digamos, una enorme cantidad de trabajadores (nadie sabe cuántos) están ocupados en labores precarias. El carácter temporal de su ocupación se diferencia de la ocupación temporal en la Rusia prerrevolucionaria, donde quienes se ocupaban de labores temporales eran, en su mayoría, campesinos, que encontraban así una fuente adicional de ingresos. Hoy, en Rusia, los individuos que se ocupan de los trabajos llamados precarios son personas de cualquier especialidad, desde obreros agrícolas hasta representantes de la intelectualidad. Los primeros están en una situación similar a la de los obreros agrícolas temporales de la Cuba prerrevolucionaria (o sea, se trata de un estrato social que de un modo masivo, regular y sincrónico pasa de la posición propia de un proletario a la de un lumpen y viceversa); los segundos están en una situación análoga a la de los bohemios clásicos de un libro de Murger. Sin embargo, son solo semejanzas que no analizan la esencia del fenómeno.
El paso de los trabajadores asalariados a la ocupación precaria, es una tendencia universal en el mundo y forma parte de la estrategia del neoliberalismo. Está dirigida a la destrucción de los mecanismos tradicionales de solidaridad y colectivismo —entre las capas oprimidas y explotadas de la sociedad— y a la formación de una sociedad atomizada hasta tal punto, que ya no pueda ofrecer resistencia al saqueo neoliberal.53
Pero la especificidad del «precariado» ruso no está definida, y su contenido social no ha sido estudiado ni esclarecido. La sociología académica evita tales problemas, al igual que lo hace T. Saslavskaya quien, simplemente, inscribió 5 % de «los trabajadores rusos» en el «fondo social» («los desempleados crónicos, los sin techo, los niños sin hogar, los vagabundos, los alcohólicos, los drogadictos, las prostitutas, los pequeños delincuentes y otros grupos socialmente excluidos»), y no vuelve a referirse a ellos.54  Sin embargo, otra autora, no menos respetada y famosa, me refiero a Natalia Rimashevskaya, basándose en una investigación llevada a cabo en 1996, valoró la magnitud del «fondo social» en 10,8 millones de personas. Pero Rimashevskaya incluyó en esta clasificación solo cuatro categorías (un grupo menos que Saslavskaya): los mendigos (3,4 millones), los sin techo (3,3 millones), los niños sin hogar (2,8 millones) y las prostitutas callejeras (1,3 millones).55 Es evidente que 10,8 millones de personas no constituyen 5 % de la «población trabajadora», sino mucho más. Si sumamos otros grupos registrados por T. Saslavskaya, este porcentaje aumentaría aún más, superando con creces no solo 0,5 % —distinguidos por esta autora como la «élite»—, sino también 6,5 %, considerado por ella la «capa superior». Y esto, sin tener en cuenta que el alcohólico Yeltsin y muchos otros alcohólicos y drogadictos de la «élite» y la «capa superior» quedan fuera del «fondo social» de T. Saslavskaya, quien tampoco nos explica qué cosa son los «pequeños delincuentes» y si sus ingresos superan los de los «trabajadores asalariados».
En la Rusia de hoy se ha desarrollado la explotación de la mano de obra esclava no solo en el sector de la construcción. Las dimensiones de este fenómeno no están bien estudiadas, ni siquiera son bien conocidas, en particular, debido a su carácter criminal, lo cual implica un peligro directo para el investigador. Los datos oficiales, sin duda, no reflejan la realidad porque emanan de esos mismos «órganos protectores del Derecho», que encubren este tipo de actividades criminales. Por supuesto, la amplia utilización del trabajo esclavo es un fenómeno de carácter mundial y un componente más del neoliberalismo.56 Pero esto no niega que, por una parte, el fenómeno de la esclavitud en Rusia no ha sido debidamente investigado y, por otra, que no se comprenda el lugar que los nuevos esclavos ocupan dentro de la estructura social.
¿Quiénes son? Por el grado de su miseria, por su relación con los medios de producción y el lugar que ocupan en la organización del trabajo, se parecen mucho a los proletarios. Pero, el trabajo del proletario produce remuneración según el precio formado en el mercado. Además, el proletario se ve obligado a ir a trabajar por su necesidad económica, mientras que la mayoría de los nuevos esclavos son víctimas de otros tipos de coerción, una compleja combinación de medidas económicas y extra económicas. Al mismo tiempo, a la categoría de esclavos pertenece un gran número (nadie sabe cuántas) de prostitutas (las callejeras y las de los burdeles).
La negativa de las ciencias sociales oficiales para ejercer su obligación directa —el estudio de la realidad social— origina, como reacción refleja, una representación no menos fantasmagóricas sobre la estructura social de la Rusia actual en los círculos de la oposición de izquierda. En particular, el término «proletariado» está, nuevamente, en boga. Nuestros autores de izquierda piensan de una manera sencilla: si de nuevo hay capitalismo, pues hay también proletariado. Sin embargo, el proletario, como se deduce del sentido primario de esta palabra, es alguien que carece de toda propiedad, a no ser sus hijos. Es precisamente por eso que se ve obligado a vender su fuerza laboral, para no morir de hambre. Si nos guiamos por esta descripción, ¿son muchos los «verdaderos proletarios» en la Rusia actual? No es casual el hecho de que la propaganda soviética se abstenía de llamar «proletarios» a los obreros soviéticos, porque no lo eran. La clase obrera rusa, nacida directamente del pasado soviético, en su mayoría, tampoco puede denominarse «proletariado». ¿Vive en albergues colectivos o en rincones oscuros?, ¿acaso no posee una instrucción técnica especializada? Un determinado porcentaje —admitamos que menos de los presumidos 27 % en vísperas de la Perestroika— tiene educación superior, que ya de por sí representa un capital en la economía de mercado. ¿La gran mayoría de los obreros rusos modernos no tiene una fuente de ingresos adicional (tales como trabajo de taxista ilegal o alquiler de vivienda)? Parafraseando a Marcuse57  —cuando se refiere a la depauperación—, ¿no podemos afirmar que: «Una familia obrera que posee no un automóvil sino dos automóviles, no un apartamento sino dos apartamentos, tal vez se pueda calificar de proletaria? Pero es difícil que un proletario así sea revolucionario».
Esta última circunstancia es la que más debería interesar a nuestros representantes de la izquierda, porque se trata de un fenómeno conocido en la historia rusa. Me refiero a la famosa sublevación antibolchevique en Izhevsk-Votkinski y la subsiguiente formación de destacamentos obreros. Al principio eran un ejército rebelde, pero más tarde —con una bandera roja— fueron a formar parte de las tropas de Kolchak. Aquellos trabajadores, en su mayoría, eran obreros «hereditarios» altamente calificados e instruidos que, con excepción de los jóvenes solteros, poseían su propia casa con terrenos de siembra. Además, alquilaban las viviendas de su propiedad (lo que constituía una fuente de ingresos adicionales) y eran apolíticos. Su nivel cultural les alcanzó para valorar a la perfección cuáles eran sus «intereses colectivos» —de trabajadores asalariados— y, a la vez, de pequeños propietarios. Además, apoyaron la Revolución de febrero de 1917, pero se opusieron a los bolcheviques. La república burguesa de febrero (e incluso una monarquía constitucional) les convenían perfectamente, sobre todo, porque les garantizaba la igualdad política y una representación de sus propios intereses en el poder, a través de los soviets. Esto determinó su posición socialista, pero contrarrevolucionaria (aparentemente, social-revolucionaria y menchevique). Su modo de vida es el que más se asemeja al del obrero ruso de hoy.
Además, ¿acaso la clase obrera rusa actual es, como lo era la clase obrera en la Rusia prerrevolucionaria, una clase que se adelanta?, ¿se destaca por su nivel cultural entre una población casi analfabeta?, ¿se ocupa en las ramas tecnológicamente más avanzadas de la economía?
Por último, ¿está penetrada —aunque sea en un nivel espontáneo, no verbalizado— por un espíritu clasista? Porque precisamente ese espíritu clasista espontáneo fue lo que garantizó la implantación tan exitosa de las ideas socialdemócratas en el medio obrero.
Según las encuestas realizadas en 2001, en nuestro país solo 6 % de los encuestados (y no necesariamente obreros) se definieron —a sí mismos— dentro de las denominadas categorías clasistas,58 y solo 3 % dio muestras de una conciencia clasista, al oponerse al empleador como «ellos-nosotros».59 Además, es imprescindible tener en cuenta que ¡el concepto de «trabajador asalariado» no es idéntico al de «obrero»!
De esta manera, se hace evidente que la estructura social de la Rusia capitalista prerrevolucionaria nos es bien conocida; sin embargo, la de ahora no lo es. Pero tampoco hay dudas de que se diferencian de manera radical.
Las clases gobernantes de la Rusia prerrevolucionaria se diferencian de las de la Rusia actual. Antes en la Rusia prerrevolucionaria la clase gobernante era la nobleza, o sea, en su mayoría, señores feudales y terratenientes. Esto continuó hasta las reformas de 1868, e incluso después de la Revolución de 1905, cuando la monarquía rusa empezó a evolucionar con rapidez hacia una típica monarquía burguesa.
Desde luego, existe la vieja teoría del carácter supra-clasista del poder estatal (y, por lo tanto, burocrático) en Rusia, propuesta todavía por la historiografía burguesa y a la que se sumó, incluso Plejánov. Pero esta teoría no resiste el embate de los datos aportados por conocimientos concretos sobre la política —francamente clasista (favorable a la nobleza)— del zarismo, la nobleza como el mayor propietario de los medios de producción y su situación privilegiada en el aparato burocrático. De hecho, las burocracias alta y mediana se formaban con los mismos representantes de la nobleza y, como se sabe, su uniformidad clasista se garantizaba por medio de la obtención automática de ella, al llegar a un determinado grado en la escala de rangos oficiales. La nobleza constituía la mayoría del cuerpo de oficiales del ejército zarista, con todas las posibilidades de avanzar en la escala de servicio dentro de los «grados inferiores», sobre todo durante la guerra. Según los cálculos de P. A. Sayonchkovski, el único (entre siete) sector de las fuerzas armadas rusas donde a finales del siglo XIX los nobles de abolengo no eran la mayoría de la oficialidad, era la infantería regular. Pero, como 46 % de los oficiales que no eran nobles de abolengo sí eran hijos naturales de nobles, la preeminencia de nobles en el cuerpo de oficiales seguía incólume.60 Según los datos de P. Kenetz, en vísperas de la Primera Guerra Mundial la cantidad de nobles de abolengo se había incrementado sensiblemente.61
El único pretendiente al papel de una nueva clase gobernante era, desde luego, la burguesía, que, aunque estaba formada por diferentes capas sociales —en importante medida—, eran nobles «por su pertenencia de casta». Sin embargo, la burguesía rusa (incluso la gran burguesía) era sumamente cobarde, como lo demostró el año 1905, y, en su mayoría, propensa a unirse a los intereses y a la voluntad de la nobleza. Incluso, la minoría que ponía de manifiesto su oposición solo aspiraba a lograr una participación en el poder como socio menor (si esto es oposición, hay que confesar que es una oposición muy moderada). Por supuesto, la burguesía —como «saco» de dinero colectivo— podía ejercer, y ejercía, presión sobre la burocracia en su conjunto, sobornándola y obligándola a tener en cuenta sus necesidades, pero sin causar daño directo a la clase gobernante (la nobleza) y no hasta el punto —como resultaba, según Pokrovski— de convertir a la burocracia en un agente del capital mercantil.62
La situación en la Rusia de hoy es bien distinta. La clase gobernante de ahora, burócrata-burguesa, se formó con extraordinaria rapidez (inevitablemente) en condiciones en que era imposible apoyarse en la posesión de los medios de producción para realizar tales pretensiones. Los medios de producción en la URSS pertenecían al Estado. En vez de la propiedad como argumento, solo se podían presentar el poder y la fuerza. Fue por eso que la base de la nueva clase gobernante fue formada por la nomenclatura. Es decir, la burocracia económica y del partido que unió al poder la propiedad (es decir, privatizó la propiedad estatal a precios convenientes, puesto que fue ella misma quien estableció las reglas de la privatización y realizaba el control sobre su cumplimiento). Esto es lo que diferencia a la burguesía burocrática de la burguesía común y corriente: primero, durante mucho tiempo, y a veces durante siglos, acumula la propiedad (a partir del capital mercantil) y solo después proclama sus pretensiones sobre el poder.63
La burguesía burocrática no es una manifestación exclusivamente postsoviética. Es un fenómeno típico de los países postcoloniales, donde este tipo de clase gobernante surge a partir de la burocracia local (colonial), que se adueña de la propiedad colonial (estatal) después de la partida de los colonizadores (a veces se adueñaban también de la propiedad privada de estos).64 El ejemplo de Indonesia es el que mejor ilustra la formación y la conducta de la burguesía burocrática; allí incluso se implantó el término kabi, o sea burócrata-capitalista. He escrito sobre esto en más de una ocasión.65
La nueva clase gobernante se formó a partir de diversos grupos sociales. Por supuesto, la nomenclatura era el más importante, pero al principio el segundo grupo (más de 40 %) eran los delincuentes comunes, en especial aquellos que hasta entonces se encontraban «en la sombra».66 De hecho, en el período de la Perestroika, solo ellos y la nomenclatura se preparaban conscientemente para el tránsito al capitalismo y convertirse en la nueva «élite»; además daban pasos prácticos para lograrlo. Fue entonces, cuando ambos grupos se encontraron y establecieron sólidas relaciones de negocios, reproduciendo con exactitud los mismos esquemas que ya habían existido entre el mundo de la delincuencia común y una parte de la burguesía en el período de la NEP (Nueva Política Económica).67
Sin embargo, en un período bastante breve (diez años) la antigua nomenclatura desplazó a los delincuentes comunes (los llamados bandidos) a la periferia de la clase gobernante, en muchos casos los privó de su propiedad e incluso los obligó a abandonar el país. Esta victoria se explica no solo por la vulnerabilidad jurídica de los «bandidos», sino también
—y principalmente— por el peso social (mucho mayor) de la nomenclatura; porque antes que otros grupos sociales se sintió clase para sí, porque la nomenclaturaposeía mayor experiencia en la economía y en la administración de la economía «real» durante el período soviético, independientemente de la denominación formal de los cargos correspondientes.68
Otros grupos sociales que intentaban entrar en la nueva clase gobernante, a causa de su carácter amorfo y su pequeño número, no podían competir, en modo alguno, con la burocracia y se disolvieron en ella o se vieron en las filas de la «nueva burguesía». Una clase materialmente privilegiada, pero dependiente de la burguesía burocrática y presionada constantemente por ella (ante todo en forma del racket estatal).69
Hubo otro grupo que participó en la formación de la nueva clase dirigente y que, al principio, era muy visible: el grupo de los científicos (principalmente economistas, pero no solo ellos). Sus representantes más destacados son Burbulis, Berezovski, Gaidar, Chubais y Aven. La frase «¡gobierno de jefes de laboratorios!», lanzada en un momento de irritación por Victor Chernomirdin —representante de la nomenclatur a soviética—, creó en la sociedad una imagen exagerada de las dimensiones y la influencia de este grupo dentro de la nueva élite. Además, esto halagaba al amor propio de la intelectualidad demócrata rusa. Ni siquiera la investigadora más afamada de la «nueva élite rusa», Olga Kryshtanovskaya, pudo evitar esta ilusión. Esto es natural. En la época de «la primera edición del capitalismo», los representantes de los círculos científicos que formaron parte de la élite del poder y de los negocios también llamaron mucho la atención de los contemporáneos. Esto lo reflejó, incluso, Nekrasov en su poema «Los héroes del tiempo»:

En cada grupo de plutócratas,
rusos, alemanes o judíos,
veo renegados,
hijos de profesores.
Sus historias se conocen:
vivían como modestos trabajadores,
servían honradamente a la ciencia,
tronaban contra la plutocracia,
fueron científicos, profesores  
durante treinta años,
y parecía que no se podían comprar ni con un millón…
Pero de pronto, al final de la historia,
pasados los treinta años,
nuestros héroes saltan de su observatorio
al remolino de la bolsa…
70

En particular, I. A. Vishniegradski —ya mencionado aquí en más de una ocasión—, antes de llegar a ser miembro de juntas de dirección de todo tipo de sociedades anónimas y ministro de finanzas, había sido profesor de mecánica.
Sin embargo, en la época de la «segunda edición del capitalismo», rápidamente se hizo incuestionable que los «profesores» eran más bien excepciones que regla. Del mismo modo, en la Rusia moderna los «trabajadores científicos» no formaron —dentro de la burguesía burocrática— una agrupación especial con sus propios intereses y, en general, su peso específico dentro de la «nueva élite» había sido exagerado en demasía. No es casual el hecho de que en el nuevo libro de O. Kryshtanosvkaya, no se hace ninguna referencia a este grupo. En cambio, la autora vuelve a afirmar, que en la «nueva élite» predominan los miembros de la nomenclatura, y que, incluso, 39 % de los miembros de la «élite de negocios» investigados —aunque no habían formado parte de la nomenclatura— sí tenían raíces en ella: 36,8 % tenían padres y 18 % madres miembros de la nomenclatura.71
Esto significa, al margen de otras cosas, que precisamente la clase gobernante de Rusia —en lo fundamental— ya se ha formado, y que los canales de la movilidad vertical se están cerrando, si es que no se han cerrado ya. Lo mismo constata L. B. Kosova, autora de la investigación «Movilidad vertical: desigualdad de oportunidades: el «ascensor social» ya solo funciona para la «élite social».72
El origen burocrático de la nueva clase gobernante, al margen de otros fenómenos, origina en el país un crecimiento irrefrenable de la burocracia propiamente dicha. Para el año 2000, el número de funcionarios en Rusia (si se suman los burócratas de los niveles superior y medio, lo cual por lo general no se hace, olvidando el nivel medio del aparato) llegó a 6 203 000 personas.73 Esto crea una nueva clase gobernante, unida y fusionada directamente con la burocracia, aún más parasitaria que la clase de los feudales (estos al menos eran, o debían ser, guerreros profesionales).74
Por supuesto, la Rusia prerrevolucionaria también tenía fama de ser un reino de burocracia. Es bien conocida la frase de Nicolás I referente a 40 000 jefes de oficina que, en realidad, eran quienes gobernaban el país. Pero, el reino de la burocracia de entonces y el de ahora son dos reinos distintos. En la Rusia prerrevolucionaria la clase gobernante se estructuraba según el siguiente principio: primero, el terrateniente (dueño de los medios de producción) y luego, el burócrata. En la Rusia de ahora, opera a la inversa: primero, el burócrata y luego, el capitalista; o sea, el dueño de los medios de producción. Son condiciones de partida diferentes por completo, el sine quibus non de la formación, tanto de la clase gobernante, como de la burocracia. Además, individualmente, cada noble era heredero de una propiedad, mientras que cada burócrata burgués era usurpador de una propiedad ajena, por lo general, estatal.
Estos dos factores dictan una conducta económica, política y social diferente de las clases gobernantes en la Rusia prerrevolucionaria y en la de ahora. Como ejemplo, se pueden citar, digamos, la inversión de los medios del Fondo de Estabilización ruso en los títulos de valor de países y entidades financieras occidentales, la inversión del dinero de A. Usmanov en un banco islandés o la compra por R. Abramóvich del club «Chelsea».
En tercer lugar, la situación en las esferas de la educación, la ciencia y la cultura, en ambas Rusias, se diferencian radicalmente, tanto por su estado, como por sus tendencias.
En la Rusia prerrevolucionaria la educación, aunque con pasmosa lentitud, se extendía hacia toda la sociedad, logrando —poco a poco— nuevos éxitos. La llegada del capitalismo fue lo que propulsó los mayores éxitos en este sentido. La Rusia feudal había sido un reino de analfabetismo y salvaje ignorancia. Los «focos de la cultura» eran demasiado débiles y tenían un carácter clasista e incluso, como en el caso de los viejos creyentes, clasista-oposicionista. De las doce universidades estatales («imperiales», incluyendo la de Helsinki, donde las clases se impartían en finés) que existían en la Rusia zarista, en vísperas de la Revolución de 1917, cuatro (la Novorossiiski en Odesa, la de Tomsk, la de Saratov y la de Perm) fueron inauguradas después de las reformas. Después de la Revolución de 1905, se inauguraron tres universidades populares (la Shiniavski en Moscú, la de Tomsk y la de Nizhni Novgorod). Los cursillos superiores femeninos, los institutos politécnicos y tecnológicos surgieron también durante la Rusia capitalista. Si bien a finales del reinado de Alejandro II en Rusia 84 % de la población era analfabeta, a finales del reinado de Nicolás II este indicador disminuyó hasta 73 %. No es algo que impresione demasiado, pero, sin duda alguna, era un progreso, porque se trataba de millones de personas.75 Por supuesto, el crecimiento y el desarrollo de la educación en Rusia estaban directamente vinculados con el hecho de que toda la máquina económica del capitalismo, cada vez más compleja (sobre todo desde el punto de vista técnico) y diversificada, exigía un número en aumento de cuadros cultos e instruidos. Sin duda, el atraso de Rusia estaba vinculado con la posición reaccionaria y conservadora de «los de arriba» (recordemos la vergonzosa política de D. A. Tolstoi, I. D. Delianov, K. P. Pobedonostzev, L. A. Kasso y otros). Desde luego, solo los bolcheviques fueron capaces de llevar a cabo una revolución cultural en Rusia. Pero la tendencia hacia el desarrollo era evidente.
La «segunda edición del capitalismo» heredó del poder soviético no solo un país alfabetizado por completo, sino un país que había alcanzado un nivel medio de educación general, con una enorme cantidad de centros de enseñanza, entre ellos, de nivel superior, en una gran parte de los cuales la calidad de la docencia se correspondía con los estándares mundiales.
Desde el inicio mismo, el nuevo poder capitalista se dedicó a destruir el sistema de educación, por supuesto, nombrando «reformas» a este proceso. Causa nada sencilla, porque la nueva clase gobernante no veía de qué manera el sistema de educación existente podía enriquecer a la burguesía burocrática, y este era su único interés, otros no tenía. Pero las «reformas» (fueron varias, algunas no se llegaron a poner en práctica por completo) tenían también un objetivo estratégico: la creación de una educación de dos niveles; uno, de buena calidad y costosa para la «élite», y el otro, de calidad inferior (aunque también preferiblemente costosa) para los demás. El objetivo de estas acciones era fijar la diferenciación mediante la privación a «los de abajo» (a la gran masa de la población) de una educación de buena calidad y, por consiguiente, de los conocimientos, lo cual limitaría sus posibilidades de competir (tanto en las esferas profesional, como social, incluyendo la política) con la «élite», es decir, con la burguesía burocrática y los grupos de intelectuales a su servicio.76
Los resultados de estas «reformas» —por supuesto, en combinación con las transformaciones económicas y los males sociales provocados, que conmocionaron sobre todo a la juventud, con una explosión de drogadicción, alcoholismo, desamparo y prostitución entre niños y adolescentes— se conocen bien. En los últimos quince años se han descrito, más de una vez: surgimiento de un gran número de personas analfabetas (sobre todo, entre «los sin techo» y niños sin hogar, pero no solo entre ellos); degradación impresionante de la escuela media, donde la calidad de la educación ha decaído de una manera monstruosa, hasta el punto de que en onceno grado se gradúan jóvenes que apenas saben leer y escribir; creación —dentro de los marcos de la comercialización de la educación— de una enorme cantidad de pseudo-escuelas superiores (por lo general, filiales), que otorgan títulos pero no dan, de hecho, conocimiento ninguno; tal transformación, del contenido de la educación —ante todo, en las disciplinas de humanidades y en ciencias sociales—, que los enfoques científicos y los conjuntos de métodos científicos han sido reemplazados por otros anticientíficos, obscurantistas, místicos o francamente farsantes.77 Sin duda el sistema soviético de educación no era ideal. Hacia 1980 ya había dejado de satisfacer las necesidades del desarrollo social y económico de la URSS, y necesitaba una reestructuración radical. Esto lo comprendía incluso la gerontocrática administración soviética, de ahí la reforma de 1984 promovida por Aliev. Pero, el sistema educacional en la Rusia capitalista actual, lejos de desempeñar sus funciones —no puede ni alegarse que las desempeñe mal—, ni siquiera se corresponde con su nombre.78
En la Rusia capitalista prerrevolucionaria la educación se desarrollaba; se movía desde un punto de partida muy bajo hacia los modelos mundiales progresivos de entonces. Pero en la Rusia actual la educación se degrada; se agita desde un punto de partida bastante aceptable hacia los peores modelos del «tercer mundo».
La situación de la ciencia es análoga. Precisamente, en el período del capitalismo prerrevolucionario, Rusia llegó a ocupar un lugar digno en la comunidad científica mundial. Esto se debía al hecho de que a la ciencia —ante todo, a las ciencias naturales— había llegado, al fin, la generación de jóvenes materialistas y demócratas de la clase media, burguesa en su mayoría, cuya ala políticamente radical llegaría a constituir el núcleo del movimiento revolucionario. Las necesidades objetivas del desarrollo capitalista permitieron garantizar, desde el punto de vista material (aunque no lo suficiente), la base de la ciencia rusa, incluido su componente fundamental, o sea, el teórico.
Por supuesto, en comparación con Occidente, Rusia seguía siendo, en materia de ciencias, una provincia, pero aun así era una provincia grande y respetada. En ese período, se formaron las escuelas científicas, que funcionaron y se desarrollaron durante toda la época soviética. Entonces, organizaron y/o comenzaron su actividad científica los estudiosos soviéticos, permitiendo a la ciencia dejar de ser un territorio vedado de los círculos universitario-académicos y transformándola en un complejo científico. Esto ocurrió, en los años veinte y treinta del siglo XX. Los que sobrevivieron al terror del termidor estalinista llegaron a realizar trascendentales progresos durante los años cincuenta y sesenta.
Precisamente, la Rusia prerrevolucionaria ennobleció a la ciencia mundial con nombres ilustres: P. L. Chebyshev, A. M. Liapunov, A. G. Stoletov, A. M. Butlerov, D. I. Mendeleyev, V. V. Dokuchayev, I. M. Sechenov, I. I. Mechnikov, N. I. Pirogov, N. I. Beketov, I. P. Pavlov, V., M. Bejterev, K. A. Timiriasev, M. M. Kovalevski, V. V. Vernadski, S. V. Kovalevskaya y muchos otros. Con toda intención, no menciono a los historiadores y filósofos porque los «logros» de Yurkevich, Berdiayev y otros por el estilo, me parecen muy dudosos. La verdad es que no creo que pasen de ser meros charlatanes, y en cuanto al nivel teórico —capacidad de análisis, generalización y construcción de hipótesis— de los famosos historiadores de aquel período, como S. M. Soloviov y V. O. Kliuchevski, distaba mucho del nivel mundial; y eso sin hablar de las «obras» de los «corifeos del pensamiento histórico» como S. F. Platonov o V. I. Guerrier, que son una verdadera vergüenza pública.

No puede negarse que la ciencia prerrevolucionaria se desarrolló «no gracias», sino «a pesar» del régimen gobernante. En aquellos años, el acoso a los científicos progresistas y su persecución —por ser «políticamente inestables»— era común y corriente. Es conocido el hostigamiento al que fueron sometidos K. A. Timiriasev (en particular, por el príncipe Mescherski), M. M. Kovalievski (precisado a emigrar), I. M. Sechenov, cuya obra Los reflejos del cerebro fue catalogada (por iniciativa de la Iglesia) como «propaganda revolucionaria» y S. V. Kovalevskaya, forzada a trabajar en el extranjero.
Se conocen menos, o simplemente han caído en el olvido, otros casos detestables que mencionaremos a continuación. El acoso sobre A. G. Stoletov, a quien no permitieron realizar su sueño —el Instituto de Física— y cuya elección a la Academia fue frenada por el «gran príncipe» Konstantín Konstantínovich, estos hechos asociados con la «causa de los 42 científicos» llevaron a Stoletov a la muerte.79  La persecución a I. Mendeleyev, cuya elección a la Academia fue «prohibida desde arriba» en 1880, este hecho suscitó un escándalo nacional, porque Mendeleyev abandonó la Universidad de San Petersburgo, motivado por un conflicto con Delianov, debido a los disturbios estudiantiles de 1890.80 La separación de V. V. Dokuchayev del cargo de director del Instituto Forestal y Agrícola Novo-Aleksandrovski en 1895, y la prohibición —por parte de las autoridades— de la creación de la Cátedra de Suelos, causaron al científico una grave enfermedad nerviosa que lo llevó a la muerte.81 En 1863, los reaccionarios separaron al gran químico A. M. Butlerov del cargo de rector de la Universidad de Kasán y lo sometieron a un sistemático acoso en la Academia de Ciencias. Estos sucesos incitaron a Butlerov a escribir un «famoso» artículo: «¿Academia de Ciencias Rusa o solo Imperial?». Después de su muerte, el ministro de educación prohibió la suscripción para erigir un monumento en su honor en la ciudad de Kasán (¡lo que puede la fuerza del odio!).82 El laureado premio Nobel I. I. Mechnikov durante toda la vida estuvo bajo vigilancia policial, finalmente, por medio de una taimada provocación le obligaron a abandonar la Universidad de Novorosiisk y marcharse al extranjero.83Hoy, todo es diferente. A Zhores I. Alfiorov, al parecer, perteneciente a un partido de oposición, nadie lo persiguió, ni antes ni después de su condecoración con el premio Nobel. Los científicos pueden publicar cualquier cosa, desde un evidente producto del delirium tremens hasta francas críticas del régimen (pero las minúsculas tiradas hacen que esa crítica pierda toda su eficacia). Sin embargo, la dependencia financiera del Estado —del gran capital o, como una variante, de un patrocinador extranjero— ha convertido a gran parte de la comunidad científica de humanidades en un verdadero reptil. Los nombramientos, por parte de la Academia de Ciencias Rusa, de A. N. Yakovlev —cuyo aporte científico equivale a cero— y de A. I. Solzhenitsin —que no sabe diferenciar entre un verbo y un adjetivo84 (¡académico de filología!)— son prueba ostensible de esta patológica situación. El concepto de la disertación científica ha desaparecido por completo, las disertaciones son ahora objeto de prestigio de los funcionarios, se hacen de modo mecánico, por encargo y por terceros.85 El escándalo con las disertaciones de D. F. Ayatzki casi condujo a medidas punitivas contra N. A. Troitski, historiador de renombre mundial. El escándalo por plagio, en la disertación de Vladimir Putin, simplemente pasó «inadvertido» para las autoridades correspondientes.
En los últimos quince años se han escrito miles de artículos dedicados a la escandalosa situación de las ciencias en el país, de manera que está bien descrita y analizada. Los autores de estos artículos son, en su mayoría, los propios científicos, que están acostumbrados a pensar y analizar.
En primer lugar, en el último período han sido destruidas la mayoría de las escuelas científicas, porque una gran parte de los científicos se han marchado al extranjero, la ciencia ha envejecido y ha surgido un «abismo demográfico». Los últimos representantes de las viejas escuelas científicas soviéticas no tienen a quién trasmitir sus conocimientos y su experiencia (los jóvenes emigran muy pronto, o no se dedican a la ciencia, porque los salarios son muy bajos).
En segundo lugar, la mayoría de las líneas de investigación que ofrecen perspectivas han dejado de desarrollarse, debido a la crónica falta de financiamiento.
En tercer lugar, una parte significativa de las investigaciones de importancia está congelada o ha sido eliminada, o bien «emigrado» al extranjero, puesto que tanto los funcionarios, como el capital, exigen un rápido rendimiento financiero, y no comprenden la importancia de las investigaciones teóricas de carácter fundamental.
En cuarto lugar, la ciencia se ve desplazada (y esto tiene que ver también con el financiamiento) por la «paraciencia» y todo tipo de «academias de los campos de torsión», «percepción extrasensorial», etc. Es el resultado de un conjunto de factores: un poderoso ataque contra las posiciones científicas materialistas (incluso por parte de la Iglesia) bajo la consigna de la «lucha contra el comunismo», la marcada ignorancia de los funcionarios y la moda del postmodernismo. El resultado de la influencia de este último fenómeno lo ilustra muy bien la escandalosa historia de la publicación del artículo «Descepador: algoritmo de unificación típica de puntos de acceso y exceso», creado con ayuda del programa SCIgen, generador de textos pseudo-científicos.86
A pesar de la propaganda gubernamental, en el período de Putin y Medvedev, bajo la dirección del ministro de Ciencias y Educación A. A. Fursenko, no se observó ninguna mejoría. El proceso espontáneo de degradación de la ciencia fue reemplazado por una política consciente, meditada y planificada. E. V. Vodopianova analizó bien la «estrategia de Fursenko» en su artículo «Destinos de la ciencia rusa»,87 constatando las intenciones del gobierno (proclamadas por el mencionado ministro) de disminuir, en gran medida, los aportes científicos aplicados a la economía, a fin de convertir a la ciencia en un «complejo compacto». Esto permitirá reducir sensiblemente el financiamiento y obligará a los científicos a dedicarse a la «actividad innovadora» (apelativo designado por las autoridades), en realidad son pequeñas investigaciones sobre temas de poca importancia. Esto ocurre, además, en un contexto de creciente dependencia educacional, temática y metodológica de la ciencia rusa con respecto a la occidental (por medio de subsidios de todo tipo). Esta situación se hace evidente en: el rápido envejecimiento de los cuadros (según Vodopianova, dentro de diez años la inmensa mayoría de los científicos, que ahora se dedican al trabajo activo, se acercarán a los setenta años, y el grupo cuyas edades oscilan entre treinta y cinco y cuarenta y cinco años será minúsculo); la emigración de los jóvenes más prometedores (y no solo por razones económicas); la disminución brusca de la calidad de las investigaciones; los insistentes intentos del gobierno por fusionar la ciencia académica con la universitaria, por el estilo de las «universidades investigadoras» estadounidenses (pero, con salarios incomparablemente más bajos y grandes cargas docentes, no dejará de lapidar con rapidez toda actividad científica de los profesores); la caída catastrófica del prestigio científico; el cese de toda popularización de la ciencia y la conversión de la mayoría de las ediciones de divulgación científico-popular del período soviético en publicaciones paracientíficas y semiocultistas. Según la valoración de Vodopianova, dentro de quince años, por obra y gracia de la «estrategia de Fursenko», en Rusia ya no se podrá hablar de verdadera ciencia, garantizando al país una posición secundaria en la arena mundial.
La «estrategia de Fursenko» no fue elaborada por él (llegó al cargo de ministro por su amistad con Vladimir V. Putin y por ser vecinos en la cooperativa de residencias veraniegas «Osero»88), sencillamente es un encargo social. Es evidente, que el pronóstico de E. V. Vodopianova tiene todas las posibilidades de convertirse en realidad.89
Así, pues, en la Rusia prerrevolucionaria teníamos una ciencia con un desarrollo lento, entorpecido por el yugo de la censura de la Iglesia y el gobierno, pero al fin y al cabo era un desarrollo. Hoy día, tenemos una ciencia estancada y en pleno proceso de degradación, con todas las probabilidades de descender a un nivel inferior del que tuvo durante «la primera edición del capitalismo».
Lo mismo puede decirse de la cultura. Aquí ni siquiera es necesario entrar en detalles. Si hablamos de literatura, bastará con preguntar: ¿dónde están el moderno Lev Tolstoi?, ¿Dostoievski?, ¿Saltikov-Schedrin?, ¿Turgueniev?, ¿Chernishevski?, ¿Nekrasov?, ¿A. N. Ostrovski?, ¿Leskov?, ¿Tiutchev?, ¿Kuprin?, ¿Chejov?, ¿Gleb Uspenski?, ¿Korolenko?, ¿Garshin?, ¿Gorki?, ¿Veresayev?, etcétera, etcétera, etcétera.
Con toda intención, no menciono a los autores (en su mayoría, poetas) de la «edad de plata», porque quienes han «visto» los libros originales de sus poemas saben que las tiradas eran microscópicas (de 200 a 500 ejemplares). Según se deduce de los anuncios en las páginas finales y en las cubiertas, no podían venderse, razón por la cual se añejaban en los almacenes de las casas editoriales. Y eso, que la generación de la «edad de plata» creaban obras para el futuro y eran el orgullo del país: Andrei Bieli, Marina Tzvetayeva, Boris Pasternak, Osip Mandelshtam… Los
«simbolistas mayores», Briusov, Blok, Balmont y Sologub, fueron los únicos que pudieron evitar este triste destino. Ni siquiera, la «sociedad ilustrada» —en su mayoría— necesitaba, ni compraba la famosa poesía de la «edad de plata». Solo, la revolución cultural llevada a cabo por los bolcheviques, al permitir que amplias capas de la población recibieran acceso a una lectura seria (al inculcárseles una percepción seria de la literatura y, en particular, de la poesía, sobre la base de una enorme tensión emocional, originada por la Revolución y la guerra civil), despertó —en el amplio público— un gran interés hacia esta poesía.90
La situación de las «voluminosas» revistas literarias, en ambas Rusias, es incomparable. Como se conoce, en la Rusia prerrevolucionaria las revistas fueron «rectoras del pensamiento». Y esto se explicaba, solo en parte, por la calidad literaria de las obras que se publicaban. En gran medida, como todos saben, la influencia de las revistas literarias se determinaba por el nivel y la calidad de la crítica y la propaganda literario-artística. Puede repetirse, sin cesar, que las condiciones específicas de la censura en la Rusia prerrevolucionaria otorgaron a la crítica y a la propaganda literarias, funciones de la literatura filosófica, sociológica y política, que no les eran propias. Pero, en primer lugar, las revistas «voluminosas» no perdieron su importancia después de la Revolución de 1905, cuando las publicaciones filosóficas, sociológicas y políticas ya no tenían necesidad de disfrazarse de crítica literaria. En segundo lugar, digámoslo con franqueza, entre los autores no literarios de las revistas «voluminosas» de hoy, ya no figuran creadores cuyo talento, valor y virtuosismo en el uso de la palabra y en la capacidad de persuasión sobre las mentes humanas, puedan compararse con Bielinski, Dobroliubov, Chernishevski, Nekrasov, Herzen o al menos con Mijailovski, Strajov, Varfolomey Zaitzev o Ivanov-Rasumnik.
Este tipo de revistas literarias, en la Rusia de hoy, llevan una existencia lastimosa, se han convertido en un «mundo aparte». Solo son interesantes para los propios autores, para sus amigos (o enemigos) y parientes, sin contar a los filólogos profesionales, aburridos hasta provocar bostezos y desprovistos de talento hasta dar asco. Sin contar, que en la Rusia prerrevolucionaria las revistas literarias eran objeto de persecuciones. Las autoridades las cerraban, sin embargo, seguían autofinanciándose a su propio riesgo. Hoy, en cambio, nadie las persigue, y en su gran mayoría reciben apoyo por parte del Estado o subsidios del gran capital (como la revista Znamia). Ya ni siquiera me refiero a la absoluta ausencia de revistas literarias satíricas. La Rusia prerrevolucionaria tenía a Kurochkin, Minayev, Burenin, los dos Veinberg, Leman, Potemkin, Sasha Cherni, Lolo (Munshtein), Anfiteatrov y otros, pero la de hoy no tiene a nadie (Perdón, pero Yemelin, no les llega ni a la cintura).
La situación del teatro es análoga. A pesar de todos los problemas que afrontó el teatro en la Rusia capitalista prerrevolucionaria, es posible hablar, sin duda alguna, de claras tendencias de democratización del arte teatral, su complejidad cada vez mayor y el aumento de su responsabilidad social y, por consiguiente, de su rol social. El aporte de Ostrovski, Chejov, Prov Sadovski, Strépetova, del Teatro Artístico de Moscú, Yermolova, Komissarzhevskaya, Taírov, Meyerhold y Yevréinov, en el desarrollo del arte teatral ruso y mundial, no deja lugar a dudas. Hoy, el teatro, en su conjunto, se ha convertido en un lugar donde se brindan servicios a los «nuevos ricos». El arte teatral se está degradando a tal velocidad, que muy pronto no podrá hablarse del arte como tal. Se sabe que los actores, en su mayoría, no son inteligentes (la inteligencia del actor contradice a las ideas del director de escena), pero al dejar de existir la «censura soviética» se hizo evidente que de nuestros directores de escenas casi ninguno brilla por su inteligencia. En todo caso, la simplificación de toda la riqueza de la vida a la vulgaridad, a lo trivial e indecente, a la más primitiva sexualidad, denota sin ambages el nivel intelectual, tanto de nuestros directores de escena, como del público que «consume» ese «arte».91 Todo esto viene acompañado de una enorme decadencia del nivel de ejecución. Si antes, el genial actor Yevgueni Smoktunovski era nuestra verdadera «estrella» teatral, ahora nuestra «estrella» es Besrukov, que en todos los espectáculos (y también películas) interpreta siempre el mismo papel.
Si nos referimos a la música —siguiendo el ejemplo de la literatura—, podríamos preguntarnos: ¿dónde está el Chaikovski de hoy?, ¿RimskiKorsakov?, ¿Musorgski?, ¿Balakirev?, ¿Borodin?, ¿Antón Rubinstein?, ¿Glasunov?, ¿Skriabin? y ¿Rajmaninov? De los ejecutantes, no quiero ni hablar. Las escuelas de educación musical (conservatorios) rusas se fundaron a inicios del siglo XX y se conservaron, sin problemas, durante todo el período soviético. Su decadencia es propia del nuevo período capitalista; además, los mejores ejecutantes, formados en la escuela soviética, por supuesto, se han ido al extranjero.
Referirse a las artes plásticas es aún más ridículo. La Rusia capitalista prerrevolucionaria fue ejemplo de la superación del academismo rastrero, proporcionando una riquísima cosecha de talentos: desde los ambulantes hasta el «arte mundial» (miriskusniki), la «sota de diamantes» y el «suprematismo». La Rusia de hoy apenas puede exhibir un «arte actual», mísero (aunque pretensioso), completamente innecesario para la sociedad e incapaz de generar interés.
Tal vez, la única esfera artística capaz de conservar, casi, la misma jerarquía que existió durante la Rusia capitalista prerrevolucionaria, ha sido la del ballet. Durante la mayor parte de la «primera edición del capitalismo», en Rusia, el ballet permaneció en un estado de crisis y estancamiento. Servía como juguete, proveedor de meretrices para los miembros de la familia imperial y la «alta sociedad» en general. Los raros «florecimientos», relacionados con la aparición del ballet sinfónico, la actividad de Gorski o de Fokin —este último debido al pasmoso éxito de las «temporadas rusas» de Diaguilev en París— eran pocas y afortunadas excepciones.
Pero, en ese entonces, el ballet ruso se movía por un camino ascendente —aunque con mucha lentitud, inseguridad y algunos retrocesos— a partir de los vergonzosos «Caballito jorobado» y «Pececito de oro» de Saint-Leon. Actualmente, el ballet ruso se desliza por un «camino descendiente» del último período soviético, donde el virtuosismo clásico «en conserva» y la pomposidad de Grigorivich se combinaban con innovadoras búsquedas de Eifman y otros. Desde luego, esto dista muchísimo de la deslumbrante situación de los años veinte, cuando en los escenarios de la Escuela Rusa de Ballet competían las líneas experimentales de Gorski, Goleisovski, Balanchivadze (futuro Balanchin), Fiodor Lopujov, Isadora Duncan, Gremina, May y Foregguer, entre otros.
De cualquier manera, es un punto de partida bastante bueno, aunque, por más vueltas que se le de, la tendencia es la pérdida de los expertos (consecuencia de la emigración) y de la calidad. Y en esto, el caso de Volochkova es sintomático.
Claro, podría afirmarse, que desde aquellos lejanos tiempos prerrevolucionarios han surgido nuevos géneros artísticos: el cine, la televisión y el rock. Pero, hacer esta aseveración sería, realmente, una demagogia. Hemos sido testigos de la paulatina degradación del «rock ruso», desde la llamada «música de la rebelión» —del último período soviético— hasta convertirse en un franco «pop» (el título de «rock» se mantiene solo en los guetos sub y contraculturales). El «pop» ni siquiera puede definirse como «arte». Nuestra televisión, solo a finales de los años sesenta y setenta del pasado siglo, comenzaba a acercarse al nivel de lo que podría denominarse «arte». Estos intentos fueron congelados, definitivamente por Serguei Lapin y enterrados en la Rusia capitalista, donde la televisión recibió, desde el primer momento, la función de «divertir» y «embrutecer» a las masas.
La situación del cine es más compleja. Desde luego, en aquella etapa inicial —en la Rusia prerrevolucionaria— al cinematógrafono no le dejaban otro papel, aparte del de «cultura de masas». Esto lo demostró muy bien, en su momento, Neya Sorkaya.92
Pero, desde entonces, ha pasado mucho tiempo. En la Unión Soviética, como en todos los países que eran potencias cinematográficas, el cine se desarrolló hasta transformarse en verdadero arte. Esta esfera del arte mostró la capacidad necesaria para resolver complejos problemas filosóficos, morales, sociales, políticos e incluso cognoscitivos, por medio de su específico lenguaje artístico. En la Rusia postsoviética, el cinematógrafo se ha degradado por completo, hasta el nivel de «cultura de masas». Muy pronto, esta degradación adoptó un carácter maligno, porque además de la función clásica de la cultura de masas —divertir a las masas y distraerlas de los problemas político-sociales—, al cine ruso se le impuso, como en los tiempos de Stalin, otra función más: la de lavar cerebros e implantar ideologías convenientes a la clase y el régimen gobernantes.93
Esta degradación total de la cultura rusa se debe, en gran medida, al primitivismo cultural de la nueva clase gobernante. A diferencia de la nobleza —que en su mayoría recibía una educación e instrucción clásicas y sabía comportarse de acuerdo con los estándares feudales del «buen gusto»—, la nueva «élite» todavía no ha aprendido a diferenciar lo «conveniente» de lo impropio. En su mayoría, esta minoría selecta da muestras de un gusto subdesarrollado (o una ausencia absoluta de gusto). Este es el encargo social que se trasmite de una manera, tanto abierta, como encubierta, a los «maestros» de la cultura; y estos, como prostitutas profesionales, lo captan de inmediato y le dan vida. También tiene que ver con los individuos acomodados más arriba, en la cadena de mando. Nicolás II, como «trivialidad coronada», según la magnífica definición de Liubosh,94 tampoco entendía nada, ni de la ópera, ni del ballet. Este último era para él, ante todo, el lugar donde trabajaba su amante «oficial» Matilda Kseshinskaya; no comprendía el hecho de que Kseshinskaya realmente era una de las bailarinas más destacadas de su tiempo; la familia se la había impuesto cuando era todavía heredero del trono para quitarle la mala costumbre de masturbarse.95 Pero, como hombre bien educado —y todos los autores de sus Memorias señalan su buena educación—, sabía que asistir al ballet y a la ópera (y estimularlos) era
«conveniente», mientras visitar los café cantante no lo era. Consciente de su falta de cultura artística, utilizaba (aunque no siempre) los servicios de los expertos.
En cambio, en la Rusia de hoy, cualquier Luzhkov se considera especialista en pintura, en arquitectura y en arte teatral. Razón por la cual somos testigos de fenómenos tan vergonzosos como los conciertos solemnes
—dedicados al Día de la Victoria del 9 de mayo en el Kremlin— celebrados durante la presidencia de Putin. Los decorados de estas funciones parecen fabricados por soldados del servicio militar obligatorio, en una unidad donde el diablo dio tres voces. Los «cantantes», desprovistos por completo de voz, ejecutan canciones de la Gran Guerra Patria, al estilo de «canción rusa», ¡y el presidente de la Federación Rusa, con toda la familia, con todo el gobierno y el patriarca de toda Rusia están sentados en las primeras filas, disfrutando del espectáculo!
Por supuesto, también en la Rusia capitalista prerrevolucionaria los ricachones (mercaderes enriquecidos y capitalistas «oriundos del pueblo») podían hacerse los «idiotas» y dar muestras públicas de toda ausencia de buen gusto (recordemos la historia del palacete de A. A. Morosov). Pero, la mayoría de los representantes de la clase gobernante
—la nobleza— sabía diferenciar entre el verdadero arte y los «géneros bajos», la calidad de una ejecución, de una mala, y lo demostraba públicamente. Incluso, aquellos que se dormían en los conciertos de música clásica y, en secreto, preferían la casa pública a la ópera.
Hoy, los representantes de la clase gobernante —incluso después de comprar títulos de conde a los autonombrados dirigentes de las «sociedades de nobles» y comprendiendo que por su posición deben apoyar el arte— ni siquiera intuyen la necesidad de consultar a los expertos en aquellas cuestiones de las que no pueden comprender nada o casi nada. Un ejemplo típico es el concierto del violinista Iván Numerov, celebrado el 6 de octubre de 2005, en la Sala Grande del Conservatorio de Moscú. El patrocinador del concierto era el holding «Confiteros Unidos», y tales «confiteros» habían invertido mucho dinero haciendo propaganda del mencionado Numerov en Rossiiskaya Gazeta, Trud, Vremia Novostei y otros medios. ¡A ninguno de los confiteros se les ocurrió dirigirse a los expertos, para conocer, de antemano, que la «vejación» consumada en el violín por Iván Numerov no es frecuente escucharla, ni tan siquiera en una escuela infantil de música! Todas las personas normales (y los primeros fueron los alumnos del conservatorio) huyeron despavoridos. Pero los «confiteros», a todas luces, quedaron contentos. Exactamente, como el señor Jourdin.
En el campo de la interacción de las amplias masas de la población con la cultura, esta política cultural, unida a la estrategia económica de los neoliberales, guió a la Rusia moderna a desplazarse en dirección contraria a la de la Rusia prerrevolucionaria. En la Rusia de antes de la Revolución, personas particulares, asociaciones estudiantiles (legales o semilegales), los zemstvo y, después de 1905, las uniones sindicales y las organizaciones sociales creaban bibliotecas, salones de lectura, teatros populares, círculos de canto, etc. En las grandes ciudades se construían «casas populares» (desde luego, esto se hacía para desviar la atención de los obreros de las «ideas subversivas», pero como quiera que sea, se construían). Incluso en las grandes manufacturas se creaban teatros donde los obreros, en un nivel profesional asombrosamente elevado, organizaban espectáculos dramáticos e incluso operísticos, y donde actuaban como visitantes de honor los artistas de los teatros Bolshoi, Pequeño y de Arte. Como ejemplo, puedo citar la manufactura Nikolskaya en Orejovo.96
Hoy, en Rusia, como refleja la investigación especial «Cultura espiritual de la sociedad rusa actual: estado y tendencias de formación» —realizada por el Centro Sociológico RAGS en diciembre de 2004, en 25 regiones—, se advierte la desaparición de las formas de la actividad cultural colectiva, comunes en el período soviético, y su sustitución por formas de ocio —pasivas, individualizadas y caseras— típicas para una sociedad automatizada: ver televisión y video, dormir o simplemente «no hacer nada» y «matar el tiempo».97 La investigación ha reflejado una preocupante renuncia masiva a la lectura. Entre las causas de este fenómeno se mencionan determinadas circunstancias: «hoy día la educación no ayuda al ser humano a encontrar éxito en la vida», «un buen libro es demasiado caro para muchos» y «es palpable la carencia de buenos libros disponibles». Además, son evidentes la «proliferación de personas educadas a base de tiras cómicas y películas de video» y la «disminución del nivel educacional, de una gran arte de la población». Al mismo tiempo, se producen cambios en la estructura de la lectura: productos impresos serios se ven desplazados por una prensa «amarillista», primitiva, orientada a divulgar escándalos, sensacionalismos y generar diversión, incluso se observa la tendencia hacia el consumo único de crucigramas y programas televisivos.
Es interesante cómo una gran parte de la población y de los expertos atribuyen, directamente, el empobrecimiento de la vida cultural a la disminución de los ingresos de las personas y a la imposición de determinados productos y simbologías culturales, convenientes para las instituciones que representan el poder. La aplastante mayoría, tanto de la población, como de los expertos (en algunos casos, entre 75,5 % y 89,4 % respectivamente), manifiestan una actitud negativa hacia los productos y modelos culturales que les ofrecen las autoridades y el mercado, exigiendo otros, de mejor calidad y más complejos. Sin duda, la violenta caída del «consumo» de los productos culturales puede valorarse como una evasión consciente (de una gran parte de la población) para esquivar la «cultura» que se pretende imponer.
No obstante, es indudable que un notable porcentaje de la población, al no tener alternativas, ha empezado a «consumir» modelos baratos y «géneros bajos»; y no solo por falta de dinero, sino también a causa de la influencia de la propaganda proveniente de «arriba» (incluidos los anuncios publicitarios). En particular, la investigación ha mostrado que la asistencia más o menos regular a los fitness centres (gimnasios) y boleras ocupa el primer lugar entre los encuestados. Quedan atrás los teatros, las salas de conciertos, los museos e incluso los clubes y las discotecas, acercándose —hasta igualarse — a la asistencia a los cines. En cuanto a la lectura, se ha desplazado al séptimo lugar entre las formas de aprovechamiento del ocio y el tiempo libre.
Los autores de la investigación han llegado a la siguiente conclusión:
«La adaptación a las nuevas condiciones en las esferas espiritual y comunicativa de masas se produce hoy día, mayormente, según su variante descendiente. Esto se manifiesta en: el empobrecimiento de la calidad de los productos culturales, la disminución del nivel de los programas y los materiales analíticos, el colorido cada vez más «amarillo» y la desintelectualización de la mayoría de los medios de información, el estrechamiento de la variedad de la demanda de las personas y el empobrecimiento de sus intereses en general. El mercado de productos intelectuales, que funciona en las categorías de los ratings, formatos populares y brands (marcas), adaptándose a la demanda que ellos mismos imponen, funciona como una especie de demanda quasi civilizada. No lo mueve la creación de lo nuevo en la cultura, sino la multiplicación de tiradas de lo rutinario y lo habitual, que no deja, entre paréntesis, de generar buenas ganancias.98
En cuarto lugar, el imperialismo ruso prerrevolucionario y el imperialismo ruso actual se diferencian —en principio, y a pesar— de las comparaciones en boga. La Rusia capitalista prerrevolucionaria era una potencia imperialista de primera categoría. Su imperialismo abarcaba, a través del sistema de bloques, toda Europa Central y Oriental. Fuera de Europa, el imperialismo ruso era activo en todo el Oriente cercano, medio y lejano, incluso intentaba llegar hasta Birmania. El imperialismo ruso actual es un imperialismo regional. La clase gobernante de la Rusia de hoy no pretende tener esferas de influencia fuera de la antigua URSS, o sea, estrictamente hablando, dentro de límites menores que los del Imperio ruso. Todo gesto simbólico, como el envío de aviones y buques con «visitas amistosas» a Venezuela, no son más que gestos propagandísticos y, como diría Ostap Bender: «inflado de mejillas». De esta manera, Rusia, como potencia imperialista, ha descendido al nivel de Australia, la India, la China maoísta, la República surafricana racista o el Brasil de los tiempos del imperio y de las dictaduras militares. Es decir, ha pasado a la categoría de potencia imperialista de segundo orden. Se puede suponer, sin temor a equivocarse que, a pesar de la retórica belicista de ambos bandos, entre Moscú y Washington existe un acuerdo tácito en este sentido, aunque posiblemente cada una de las partes lo interprete a su manera.
Podría mencionar otros muchos ejemplos, pero lo creo superfluo. Como le gustaba decir a Lenin en tales casos, qui prouve trop, ne prouve rien (quien demuestra demasiado, no demuestra nada).
Ahora, algunas conclusiones:

  1. El capitalismo ruso actual no tiene nada en común con el capitalismo ruso de finales del siglo XIX e inicios del XX; y no puede considerarse un retorno («restauración») al capitalismo existente en ese entonces. Es un producto de la evolución (si se quiere, degradación) del régimen soviético (superestatismo). Por eso, nuestros conocimientos sobre el capitalismo prerrevolucionario solo pueden brindarnos una ayuda mediatizada y, en ningún caso, son capaces de reemplazar el estudio, el análisis y la comprensión teórica del capitalismo ruso actual. Por el contrario, en algunos casos, pueden entorpecer este tipo de trabajo, imponiendo analogías falsas. Sería mucho más útil, en este caso, aprovechar el estudio y el análisis de la experiencia de los países del «tercer mundo» (la periferia capitalista) y de los procesos de globalización en su conjunto. (que resolvió los problemas fundamentales del capitalismo: la industrialización, la urbanización y la revolución cultural).
  2. Ahora, resultan inconsistentes por completo (de acuerdo con la coyuntura ideológica) los cálculos de una gran parte de nuestros intelectuales (que cumplen el encargo ideológico de determinados grupos de la clase gobernante), de que la Rusia actual retorne a su aspecto prerrevolucionario, o sea, a la monarquía imperialista patriarcal ortodoxa. A esto se oponen, en primer lugar, la procedencia superestatista de la Rusia capitalista actual (que resolvió los problemas fundamentales del capitalismo: la industrialización, la urbanización y la revolución cultural) y el hecho de que Rusia ya ha echado raíces, definitivamente, en el tipo de producción industrial. Además, la estructura social correspondiente al industrialismo ya está formada. Estos son factores objetivos. En segundo lugar, la inmensa mayoría de la clase gobernante no tiene ningún interés en que esto suceda, porque, inevitablemente, cuestionaría su estatus económico (como propietarios). Entre las demás clases y capas sociales de la Rusia actual no hay ninguna interesada en tal «retorno a los orígenes». Esto es un factor subjetivo.
  3. Aún menos consistentes, son los cálculos de la oposición izquierdista tradicional, según los cuales «la segunda edición del capitalismo» conduciría, de forma inevitable hacia un desarrollo sociopolítico del país que, como resultado», llevaría a un nuevo «Octubre del año 17». Entonces, inevitablemente, esa oposición se vería otra vez solicitada por la sociedad, elevada por el proceso político a la «cresta» de la nueva ola revolucionaria, con la tan tentadora perspectiva de verse en la torreta de un carro blindado, en la estación de Finlandia, en el balcón del palacete de Kseshinskaya y, más adelante, en el palacio Smolni e incluso en el Kremlin. La diferencia radica, entre la Rusia capitalista actual y la prerrevolucionaria (factor objetivo), la absoluta inadecuación de la oposición izquierdista tradicional, que se ha quedado a la zaga de la vida en cien años (factor subjetivo), convierten estos cálculos en una gran y completa ilusión.
  4. El capitalismo ruso actual exige un estudio especial, minucioso y científico, como fenómeno único que no cuenta con análogos históricos. Este estudio no puede ser reemplazado ni por el aprendizaje y la reproducción de esquemas prehechos (no importa cuáles: si socialistas, liberales o conservadores), ni por el traslado mecánico a Rusia de conclusiones recibidas como resultado del análisis de otras experiencias históricas y económico-sociales, y, mucho menos, por la repetición mecánica de consignas políticas del pasado, sin importar su procedencia. Hoy día, son igualmente inadecuadas las consignas de Stolipin: «¡Necesitamos una Rusia grande!», las de las centurias negras: «¡Muerte a los judíos!», y las bolcheviques: «¡Todo el poder a los soviets!».

La «segunda edición» del capitalismo en Rusia es un fenómeno socioeconómico tan peculiar, tan interesante y tan poco estudiado, que exige no solo un enfoque responsable, serio y científico, sino que (sospecho) necesita a otros investigadores, diferentes por completo de aquellos con quienes contamos en la actualidad.


Es director del Centro de Nueva Sociología y Política Práctica “Fénix” y autor de más de sesenta artículos publicados en veintitrés países.
1 V. N. Kirsánov: Restauración”delcapitalismoen Rusia. Fuentes y causas (“Restavratzia”kapitalismav Rossii. Istoki i prichini), Moscú, 1993; A. N. Dolenko: La lucha de clases en la URSS en 1970-1980 y la restauración del capitalismo (Klassovaya Borba v SSSR v 1970-1980 gody i restavratzia capitalisma), Moscú, 1996; B. Kagarlitski: Restauración en Rusia (Restavratzia v Rossii), Moscú, 2000; V. V. Trushkov: Restauración del capitalismo en Rusia (Restavratzia capitalisma v Rossii), Moscú, 2003; L. S. Beliáyev: Consecuencias de la restauración del capitalismo en Rusia (Posledstvia restavratzii capitaisma v Rossii), Irkutsk, 2007. Es interesante que en el libro Pereferiinaya imperia (Imperio periférico), B. Kagarlitski volvió a repetir la tesis sobre la «época de restauración en Rusia», véase B. Kagarlitski: Imperio periférico. Rusia y el sistema-mundo, Moscú, 2003, pp. 489, 519-521.
2 Yu. M. Martynov y O. M. Chingusov: Otechestvennaya istoria. Uchebnoye posobie (Historia patria. Manual), Moscú, 2005, pp. 10, 11, 15-18, 20.
3 T. Clilff: El capitalismo estatal en Rusia, 1991; V.Dikkut: Restauración del capitalismo en la URSS, Moscú, 2004. El original del texto de Cliff se publicó en 1947-1948, y el texto de Dikkut en 1971-1972.
4      Rossia XXI, no. 11, 1995, pp. 58-67.
5      http://www.scepsis.ru/library/id_101.html
6 El hecho de que la URSS — a partir del período del estalinismo— se vio absorbida por este sistema y en condiciones desventajosas, lo muestra B. Kagarlitski en su Periferiinaya imperia (Un imperio periférico). Véase B. Kagarlitski: Periferiinaya imperia, pp. 429-450, 459-471. En este caso Kagarlitski le sigue los pasos a I. Wallerstein, pero es necesario reconocer que en más de una ocasión cuestionó a este autor, porque en algunos períodos incluía a la URSS en el sistema-mundo capitalista y en otros la excluía , pero nunca la reconoció como un sistemamundo aparte, lo cual es muy significativo.
7 S. F. Cohen: El fracaso de la cruzada. Estados Unidos y la tragedia de la Rusia postcomunista, Moscú, 2001, p. 173. S. Koen utilizó el término «verdadera desmodernización» sin dejarse llevar por las emociones y mostró que los resultados de la «segunda edición del capitalismo en Rusia» contradicen directamente lo que promete la «teoría de la modernización». El Producto Interno Bruto (PIB) ha disminuido (en 50 % y, probablemente, hasta en 83 %), las inversiones del capital en 80 %, la cantidad del ganado de carne y leche en 75 %, la producción de la infraestructura y los servicios se degradan y descomponen, las esperanzas de vida han disminuido bruscamente, han hecho su nueva aparición antiguas enfermedades y el hambre, 75 % de la población se encuentra al margen de la pobreza e incluso ha rebasado este límite, la mayoría de las personas con nivel universitario se ve obligada a ganarse la vida con trabajo no calificado. (Ibídem., pp. 172-173). Conjuntamente con el término «desmodernización» Koen utiliza el de «catástrofe», que describe convenientemente la situación, si se tiene en cuenta que según los cálculos de los investigadores alemanes, anunciados por Valentín Falin, ya en 1998 el daño económico causado por la «segunda edición del capitalismo» en Rusia superó dos veces y media el daño causado por la Segunda Guerra Mundial (NG-Figuri i Litza – NG-Figuras y rostros, no. 16, 1998).
8 Según los cálculos de B. S. Jorev, para 2001 un tercio de las organizaciones científicas, de proyectos y de investigación, así como las oficinas de diseño y proyectos, fueron eliminadas por completo, el número de trabajadores científicos disminuyó a la mitad, se clausuraron 150 revistas científicas, 15 % de científicos emigraron al extranjero. B. S. Jorev: Progress SSSR y regress burzhuasnoi Rossii. Sravnitelniye sopostavlenia na mirovom fone (Progreso de la URSS y regresión de la Rusia burguesa. Comparaciones sobre un mondo mundial), Moscú, 2001, pp. 11-12.
9      Historia Rossii. S nachala XVIII do kontza XIX veka (Historia de Rusia. Desde los comienzos de XVIII hasta los finales de XIX), Moscú, 1888, p. 400.
10     Sovietskaya istoricheskaya entziclopedia (Enciclopedia histórica soviética), t. 6, col. 995, Moscú, 1965.
11     Historia Rosii. S nachala XVIII do kontza XIX vieka (Historia de Rusia. Desde los comienzos de XVIII hasta los finales de XIX), p. 435.
12     Calculado según el artículo de S. I. Bruk y V. M. Kabuzan: «Dinámica y composición étnica de la población de Rusia en la épica del imperialismo», Historia de la URSS, no. 3, p. 1080.
13     Rashin A. G.: Naselenie Rossii sa 100 let (1811-1911) (Población de Rusia en 100 años), Moscú, 1956, pp. 324-327.
14     Al final, no les creyeron ni siquiera los rusólogos occidentales, que suelen repetir sin criticar cualquier barbaridad de nuestros neoliberales. Léase, por ejemplo, el artículo de Powell, D. E.:
«Muerte como modo de vida. Decadencia demográfica de Rusia», Current History, vol. 101, no. 657, octubre de 2002, pp. 344-348.
15     Narodnoie josiaistvo SSSR v 1990. Statisticheski yezhegodnik (Economía de la URSS en 1990. Anuario estadístico), Moscú, 1991, p. 659.
16 En realidad, la situación era más interesante. Los consumidores principales de la energía eléctrica soviética eran los países del Consejo de Ayuda Mutua (CAME), que la recibían a precios inferiores a los mundiales. Si esta energía se vendiera, según los precios mundiales, el balance total de las materias primas y el producto fabricado en la exportación soviética tuviera un aspecto muy diferente (pero en el caso de la energía eléctrica dependía de las limitaciones técnicas, y en particular de las redes existentes). Sin embargo, desde 1980 hasta 1985 la URSS aumentó su exportación de energía eléctrica de 19,9 a 29,3 mil millones de kW/h, es decir, casi en 150 %.
17     «Anuario de Estadísticas Rusas», Statistícheski Sbornik (Manual Estadístico), Moscú, 2000, p. 227.
18 El Pudes una unidad métrica de masa. Equivale, aproximadamente, a 16,30 kg (36,11 lb). Desde 1880 hasta 1894, la demanda de trigo en Rusia creció más de tres veces. (N. de la E.). De 201 millones de pud hasta 639,5 millones de pud, con una impresionante caída del precio; en 1880 la ganancia fue de 231,8 millones de rublos y en 1894, de 381,4 millones de rublos (V.
I. Pokrovski: Manual de datos sobre la historia y estadísticas de comercio exterior en Rusia, t. 1, San Petersburgo, 1902, p. 105).
19 Hoy, se comportan de forma similar los privatizadores en la esfera petrolera. Los yacimientos privatizados inevitablemente se agotan, y los volúmenes de exploración de las empresas privadas disminuyen con los años (Sotsialnoe nierávenstvo y publichnaya política (Desigualdad social y política pública), Moscú, 2007.), p. 25.
20     Kuranty (Carillón), 1 de octubre de 1992.
21 Por eso, el grueso de la privatización se realizó en apretados plazos y a ritmos fantásticos, para reducir al mínimo el número de competidores y para que la propiedad fuese a parar a manos de las «personas apropiadas». Hacia finales de 1995 se había privatizado 91 % de los fondos básicos. Anuario estadístico ruso, Moscú, 2001, pp. 305.
22     Calculado según el Anuario estadístico ruso, Moscú, 2000,  p. 292.
23     I. P. Taburno: Prilozheniye k eskisnomu obsoru finansovo-economicheskogo sostoyania Rossii sa poslednie 20 let. Grafiki y statisticheskiye tablitzi (Adición al esbozo del estado financieroeconómico de Rusia en los últimos 20 años. Gráficos y tablas estadísticas), tab. 6, San Petersburgo, 1903.
24 Es preciso señalar que no fue bajo ningún concepto un proceso espontáneo y menos aún irracional. Todo lo contrario, la exportación del capital fue provocada, directamente por la política económico-financiera del Estado. Véase, por ejemplo, Politicheski zhurnal (Revista política), no. 34, 2004, pp. 36-38.
25   V. I. Lenin: Obras, t. 3, Moscú, 1971; P. P. Maslov: Agrarni vopros v Rossii (Cuestión agraria en Rusia), t. 1, San Petersburgo, 1905 y t. 2, San Petersburgo, 1908; A. A. Kaufman: Agrarni vopros v Rossii (Cuestión agraria en Rusia), tomos 1 y 2, Moscú, 1908; V. M. Chernov: Marxism y agrarni vopros (Marxismo y cuestión agraria), San Petersburgo, 1906; A. S. Yermolov: Nash zemelni vopros (Nuestra cuestión agraria), San Petersburgo, 1906.
26 V. S. Nemchinov: Selskojosyastvennaya statistika s osnovami teorii (Estadística agraria con fundamentos teóricos), Moscú, 1945, p. 34.
27     V. I. Lenin: Obras completas, t. 16, Moscú, 1973, p. 203.
28 La desiatina es una unidad de medida para medir la tierra, utilizada en la Rusia zarista. Una desiatina equivale aproximadamente a 2,702 acres ingleses o a 10,9 m²; Sovietskaya istoricheskaya entziclopedia (Enciclopedia histórica soviética), t. 1, Moscú, 1961 (N. de la E.).
29     V. I. Lenin: Obras completas, t. 17, Moscú, 1973, pp. 64 y 67.
30     Calculado por: Ibídem.
31 Véase en: Sovietskaya istoricheskaya entziklopedia (Enciclopedia histórica soviética), t. 1, col. 178; Historia SSSR. S drevneichij vremion do nashij dnei (Historia de la URSS. Desde los tiempos remotos hasta nuestros días), t. IV, Moscú, 1968, p 303. Lo mismo obtenemos de la comparación con los países transoceánicos, los principales competidores de Rusia en el mercado de cereales de entonces. Las cosechas en los Estados Unidos eran dos veces mayor, en Argentina dos veces y media, en Canadá tresveces. Véase: L. I. Liashenko: Historia narodnogo josiaistva SSSR (Historia de la economía de la URSS), t. 2, Moscú, 1950, p. 280.
32 A. I. Jriascheva: Gruppi i klassi v krestianstve (Grupos y clases en el campesinado), Moscú, Moscú, 1921, p. 60.
33 L. V. Milov: Velikorusski pajar y osobennosti rossisiskogo istoricheskogo protzessa (Labriego ruso y particularidades del proceso ruso histórico), Moscú, 2001.
34    Jrestomatia po istorii Rossii(Antología de la historia de Rusia), Moscú, 2001, p. 364.
35     T. Shanin: Revoliutzia kak momento istini 1905-1907 → 1917-1922(Revolución como momento de la verdad 1905-1907 → 1917-1922), Moscú, 1997, pp. 278-279.
36     Ibídem, pp. 278-279.
37     «Problemas de la génesis del capitalismo», Congreso de la Historia Económica, Leningrado, 1970, Selección de artículos, Moscú, 1970, pp. 413-435.
38     «Selección de datos estadístico-económicos sobre la agricultura de Rusia y Estados extranjeros», Petrogrado, 1917, pp. 530, 532.
39     R. Pipes: Rusia en el antigua régimen, Moscú, 1993, p. 19.
40     En 1999 y 2000, 27 000 koljoses y gosjoses proporcionaron 54 % de todos los productos agrícolas, mientras que 285 000 granjas tan solo 2 % ( B. S. Jorev: Ob. cit., p. 21).
41     Historia Rossii. S nachala XVIII do kontza XIX veka (Historia de Rusia. Desde los comienzos del siglo XVIII hasta los finales del XIX), p. 500.
42    En 1916, bajo las condiciones impuestas por la catástrofe económica de los tiempos de guerra, la ley del impuesto sobre la renta fue aprobada, pero no se hizo efectiva por el desencadenamiento de la Revolución de febrero.
43     Anuario estadístico de 1914, San Petersburgo, 1914, pp. 356-358, 361, 364-369.
44     A. N. Tarasov: Provokatzia. – Postsciptum iz 1994-go. (Provocación. – Epílogo desde 1994), Moscú, 1994, pp. 79-80.
45     A. P. Korelin: Dvorianstvo v poreformennoi Rossii (Nobleza en la Rusia después de la reforma), Moscú, 1979, pp. 98, 100, 152.
46     Véase más detalladamente en mi artículo «Superestatismo y socialismo», Svobodnaya misl, no. 12, 1996. También en: A. N. Tarasov: Ob. cit., pp. 85 y 86.
47     «Obschestvennie nauki i sovremennost» («Ciencias sociales y contemporaneidad»), no. 5, 1997, pp. 5-23.
48 «Trayectoria social de la Rusia que se reforma», Investigaciones, Escuela Económico-Sociológica, Novosibirsk ,1999, p. 157.
49 El quién y para qué se introdujo el concepto «capa baja», lo explicó muy bien el famoso Guenter Wallraf en su entrevista a la radio alemana: «Hay que establecer quién y con qué objetivo utiliza este concepto, proviene de las capas altas, de aquellos que se sienten bien alimentados. O tal vez sea un locutor que introduce este concepto con un deje de cinismo para someter a las personas a una especie de burla, volverlas aún más marginadas y echarlas a un lado… Se trata de personas que, de esta manera, quedan estigmatizadas. Hay personas socialmente afectadas, hay personas que ya no pertenecen a esa capa, y el concepto “capa baja” las empuja decididamente hacia abajo… Uno de cada seis niños crece en condiciones de pobreza… Una familia que tiene varios niños y no pertenece a la “capa alta” se vuelve pobre, o sea, quienes tienen muchos niños se vuelven pobres… y existe una expresión tomada del capitalismo temprano: si eres pobre tienes que morir más temprano» (http//www.guenterwallraff.ru/home/9739307887). Los esfuerzos de T. Saslavskaya, evidentemente, no son vanos, si, por ejemplo, el profesor B. Slavin, aparentemente marxista y crítico del capitalismo, la cita sin ningún espíritu crítico al referirse a la «división científica» de la sociedad. Véase: Alternanivi (Alternativas), no. 2, 2000, pp. 32-33.
50     Sotzialnoye neravenstvo y publichnaya politica (Desigualdad social y política pública), p. 109.
51     Rossia reformiruyushayasia (Rusia que se reforma), Moscú, 2002, pp. 104-129.
52     M. K. Gorshkov: Rossiiskoye obshestvo v usloviaj transformatzii (Sociedad rusa en condiciones de transformación), Moscú, 2000, pp. 234-235.
53 Respecto a América Latina, este fenómeno fue investigado con lujo de detalles por K. L. Maidanik. Véase: K. L. Maidanik: Ernesto Che Guevara: su vida, su América, Moscú, 2004, pp. 254-258, pp. 300-304; «Svobodnaya misl», no. 1, 1997,  pp. 69-78; no. 2, 1997, pp. 39-49;
«Sovremennaya Yevropa», no. 4, 2003, pp. 116-119; «Mirovaya ekonomika y mezjhdunarodniie otnoshenia», no. 5, 2003, pp. 86-95; no. 11, 2006, pp. 27-28; «Latinskaia Amerika», no. 6, 2006, pp. 4-9. También es de su autoría el primer capítulo del libro Levi povorot v Latinskoi Amerike (Giro hacia la izquierda en la América Latina) Moscú, 2007.
54     «Trayectoria social de la Rusia que se reforma», p. 157.
55   Spravedlivie y nespravedlivie sotzialniye neravenstva v sovremennoi Rossii (Justas e injustas desigualdades sociales en la Rusia actual), Moscú, 2003, p. 138.
56     K. Bales: Personas desechables. Nueva esclavitud en la economía global, Moscú, 2006.
57     H. Marcuse: An Essay on Liberation, Boston, 1969, p. 16.
58     Diesiat let sotziologuicheski nabliudenii(Diez años de observaciones sociológicas), Moscú, 2003, p. 45.
59     Ibídem, p. 51.
60     «Historia de la URSS», no. 1, 1973, p. 149.
61     Califormia Slavic Studies, vol. 7, 1973, p. 143.
62     M. N. Pokrovski: Obras escogidas, t. III, Moscú, 1967, pp. 570-579.
63 Véase con más detalles en mi artículo «Burocracia como parásito social», Svobodnaya misl, no. 2, 2007. También en: A. N. Tarasov: Ob. cit., pp. 86-88.
64 En ocasiones, allí donde tenía un rival fuerte —la clase de los terratenientes, la burocraciaburguesa se veía obligada a conservar, por mucho tiempo, un importante sector de economía que de-facto (desde luego, no de-jure) administraba como una propiedad colectiva. Esto le permitía concentrar, en sus manos, una importante fuerza económica y enfrentarse con éxito a su rival. Así sucedió, por ejemplo, en la India y en Ceilán. Véase: Bardham P.: The Political Economy of  Development in India, Oxford, 1984, p. 102; Sri Lanka.Vienna, 1986, p. 17.
65 Novaya gazeta, no. 38, 2000; Obschaya gazeta, 2001; Nash continent, no. 49, 2003; http://www.aglob.info/articles.php?article?id¡515
66 Nomenclatura o nomenklatura define a una élite de la sociedad soviética. Círculo de individuos que ocupaban posiciones administrativas y de dirección claves en el gobierno. Usualmente, beneficiados con grandes privilegios. A. N. Tarasov: Ob. cit., p. 87.
67     Yu. Larin: Chastni capital v SSSR. (Capital privado en la URSS), Moscú, 1927. En primer lugar el capítulo dedicado a la formación inicial del capital burgués en la URSS.
68 En la época de la Perestroika se publicaron datos curiosos sobre el background de los primeros y segundos secretarios de los comités urbanos y regionales del partido comunista de Bielorrusia. Resulta que 95,6 % de los primeros y 75,2 de los segundos, antes de ser designados en estas funciones, desempeñaban cargos de dirección económica (Sovietskaya kultura, 17 de octubre de 1989). Pienso que en otras regiones la situación era similar.
69 Se hace evidente en el primer capítulo del libro de Radayev; V. V. Radayev: Formación de nuevos mercados rusos: gastos de transacción, formas de control y ética de negocios, Moscú, 1998.
70     N. A. Nekrasov: Obras completas, t. 3, Moscú, p. 282.
71     O. Kryshtanovsakya: Anatomia rossiiskoi eliti(Anatomía de la élite rusa), Moscú, 2004, p. 342.
72     Justas e injustas desigualdades sociales en la Rusia actual, pp. 432-448.
73     Anuario estadístico ruso, Moscú, 2000, p. 116.
74 Nuevamente, este espectacular crecimiento de la burocracia, en el contexto del dominio de burguesía burócrata, tiene paralelos evidentes con fenómenos análogos en los países postcoloniales. En su tiempo, V. L. Chertkov publicó los siguientes datos: en Zaire, entre 1966 y 1980 el número de funcionarios aumentó de 24 500 a 400 000 (casi cinco veces); en Tanzania, entre 1963 y 1980, de 34 000 hasta 160 000, o sea, casi cinco veces; en Camerún, entre 1960 y 1979, de 7 000 hasta 79 000 (once veces); en Nigeria entre 1960 y 1980, de 90 000 hasta 520 000 (casi seis veces); «Narodi Asii i Afriki», no. 2, 1984, p. 52.
75 Actualmente está de moda, dentro del «lacayismo» antibolchevique, idealizar de cualquier manera la Rusia prerrevolucionaria, en particular, exagerar el grado de su nivel cultural y de su educación. Por ejemplo, aseverar que antes de la Revolución de 1917 en Rusia existía 45 % de personas alfabetizadas. Este mito se remonta a una fuente tan dudosa como Nikolai Riasanovski; véase N. A. Riasanovsky: A History of Russia, New York, p. 486. Sin embargo, Riasanovski simplemente incluyó, dentro de las personas alfabetizadas, a todos los niños que debían quedar sujetos a la ley sobre la enseñanza escolar obligatoria de cuatro años, adoptada en 1904. «Sin darse cuenta» de que la realización de esta estaba planificada para el período de 1909-1922, y que hasta 1917 la cantidad de niños que estudiaban aumentó solo de 4,5 millones hasta 6,5 millones (del número total de 25 millones). Se conoce la resolución de Nicolás II: «en el asunto de la educación, el excesivo apuro es poco aconsejable»; véase S. Liubosh: Los últimos Romanos: Alejandro I, Nikolás I, Alejandro II, Alejandro III, Nicolás II, Leningrado-Moscú, 1924, p. 201. En relación con la situación real, sobre todo, en comparación con los países europeos, donde Rusia ocupaba el lugar 22 entre 25 existentes en aquel entonces, incluido un país tan «europeo» como Turquía (Alternativi, no. 1, 2001, pp. 158-159; http://www.scepsis.ru/library/id_96.html)
76  Véase mi artículo «Juventud como objeto de experimento clasista» (sobre el enfoque clasista de la educación: conocimiento solo a los ricos), Svobodnaya misl-XXI, no. 10, 1999; http://www.hrono.ru/text/2002/tarasnegram.html
77 Para más detalles, consultar mi artículo «Juventud como objeto de experimento social innovación en la educación humanitaria» (sobre cómo a los jóvenes les lavan los cerebros e imponen una nueva ideología), Svobodnaya misl-XXI, no. 11, 1999, no. 1, 2000, p. 2.
78 Un impresionante surtido de materiales sobre la «reforma educacional en Rusia» se puede consultar en el sitio de la revista Scepsis, http://www.scepsis.ru/tags/id_53.html
79     V. Boljovitinov: Aleksandr Grigogievich Stoletov, Moscú, 1953, pp. 422-482.
80     O. Pisarzhevski: Dmitri Ivanovich Mendeleyev, Moscú, 1951, pp. 336-351.
81     I. L. Krupenikovi: Vasili Vasilievich Dokuchayev, Moscú, 1949, pp. 180-185.
82     L. Gumilevski: Aleksandr Mijailovich Butlerov, Moscú, 1952, pp. 178-185, 233-246, 267-281, p. 305, p. 330.
83     B. L. Mogilevski: Ilya Ilich Mechnikov, Moscú, 1958, p. 147, pp. 160-164, 167-177.
84     Con gran valentía, aún en vida de Solzhenitzin, los «logros filológicos» de este fueron desenmascarados por A. V. Floria, en sus artículos «¿Le hace falta a la lengua rusa ser “ampliada” según I. Solzhenitzin?»; «II Izmailovskie chtenia», Conferencia Científica Rusa, 25-26 de octubre, Orenburg, 2001 y «Acerca del Diccionario de la ampliación del idioma, de A. I. Solzhenitzin»; «Vladimir Dal y la Filología Moderna», Conferencia Científica Rusa, 22-26 de noviembre, Nizhni Novgorod, 2001.
85     E. V. Balatski ofrece una impresionante visión de esta situación en sus artículos «Dissertatzionnaya lovushka», Svobodnaya misl-XXI, no. 2, 2005, y «Formirovaniye dissertatzionnoi lovushki», Svobodnaya misl-XXI, no. 11, 2005.
86     Véase Troitzki variant (Troitzk), no. 13, 2008. También en: http://www.grani.ru/society/Science/m.142082.html;         http://www.polit.ru/science/2008/09/erunda.html
87     Svobodnaya misl-XXI, no. 1, 2005, pp. 93-106.
88    http://www.anticompromat.ru/fursenko_a/furs01bio.html
89     Véase: Epigrama ruso de la segunda mitad del siglo XVII y principios del XX, Leningrad, 1975, pp. 466-467.
90 Aquí, es útil recurrir a numerosos testimonios de los contemporáneos, que reflejaron una actitud especial hacia la poesía en la primera década postrevolucionaria. La atmósfera de una asombrosa tensión emocional en las repletas salas donde se realizaban sesiones de lectura de poemas, la cual, en ocasiones, llegaba a niveles de verdadera histeria colectiva, y no solo en relación con poetas tan «públicos» como Yesenin y Mayakovski o con «poetas proletarios», sino también con poetas «de cámara», como Marina Tzvetayeva o Boris Pasternak.
91 Es curioso que los críticos literarios, en su mayoría, asimilan esta situación como «normal». Solo una minoría lucha por el honor del teatro nacional. Consúltense, por ejemplo, los materiales seleccionados por Marina Timasheva e Ilia Smirnov en el sitio de la revista Scepsis: http://www.scepsis.ru/authors/id_209.html, http://www.scepsis.ru/authors/id_6.html
92     N. M. Zorkaya: Na rubezhe stoletii. U istokov massovogo iskustva v Rossii 1900-1910 godov, Moscú, 1976.
93     He tenido la ocasión de referirme detalladamente a este tema en el artículo «Anti-Matrix o “La Lucha” entre un inmbécil y un asno» http://www.scepsis.ru/library/id_1895.html)
94 «Nicolás era preferentemente pequeñoburgués, minucioso y detallista, con un alma verdaderamente pequeñoburguesa. Era la encarnación de la trivialidad burguesa. El ambiente de las habitaciones privadas de Nicolás II recuerda el ambiente de un banquero repentinamente enriquecido, sin mucha cultura y privado de todo gusto artístico… En las habitaciones de Nicolás II había lujosos muebles burgueses, cuadros de poco valor artístico, íconos vulgares y oleografías banales»; S. Liubosh: Ob. cit., pp.188-189, 247.
95     Ibídem, p. 189.
96     Orejovo-Zuyevskaya Pravda, 27 de agosto de 2002.
97     Svobodnaya Misl-XXI, no. 10, 2005, pp.130-145.
98     Ibídem, pp. 139-140.